18 jun 2009

Aquí, pasando

Claro, que sí: Esta vez me tocó conjugar el verbo "vacunar"... pero me quedé en el presente y sólo en la primera persona: Yo vacuno.

Rarezas, sin duda, estas cosas que pasan. Pasan, sólo porque pasan, como el viento, que pega y enfría la cara, pero sigue cascando hasta botar la hoja seca de un árbol, darle movimiento a una chasquilla y apagando finalmente una vela.

Y así sigue, avanzando, pasando.

¿Cambia todo cambia?, no exactamente, yo diría que pasa, todo pasa.

Se pasa la hora, se pasa el tiempo, se pasa el dolor, se pasa el frío, se pasa el calor, se pasa la angustia, se pasa la modorra, se pasa la rabia, se pasa lista, se pasa a la historia, y la vida sigue pasando y pasando...

"¡Pase!" dice la cajera, la enfermera, el guardia de seguridad alterado, el paco de tránsito estresado al medio de la calle -con gesto técnico de su guante blanco piñiñento-, la señora a medio vestir cuando llega el tipo dateado supuestamente para arreglar el TV cable.

También se pasan las sopaipillas, el pescado sin refrigerar, las axilas sin desodorante (se supone que "a ala"), y la gente que se manda alguna chambonada: "se pasó..."

Y los curaos' -borrachos- andan pasaos' -pasados-.

Y lo que me pasa, ¿por qué me pasa?, ¿por vacunar entonces?, ¿por pasarme de listo?, ¿por pasarme de la raya?, ¿por pasar piola?...

Pase lo que pase, por lo que pase o lo que haya pasado, ojalá que todo pase no más. como todo.

7 abr 2009

Párrafos inconexos

“Señora, disculpe, pero no es mi culpa que su humanidad sea tan abundante”, le dije. Y hasta ahora, con la cara todavía desencajada, me arrepiento de buscar palabras para justificar lo injustificable y contra lo que no hay remedio, sobre todo arriba de una micro a las ocho de la mañana.

Usted me da pena señor, me dijo. Luego me lanzó una moneda y se fue pedaleando en su bicicleta con la misma pasividad con la que había llegado. “¡Pendeja de mierda!” dije a regañadientes. Entonces recogí la moneda y me fui.

Todos miraban al pobre muerto reventado luego de ser atropellado por un camión. “¡Ahí viene su señora!”, se oyeron los rumores entre los curiosos. Apareció una mujer joven que, impávida, levantó la manta que cubría al cadáver y asintió con la cabeza ante una pregunta de los policías. Luego miró fijamente a la multitud y dio un grito agudo que contrastaba con su cara de nada. “Está destrozada”, dijo una mujer, y recibió una respuesta que lo enrareció todo: “no más que él”.

6 abr 2009

El enigma

El tipo de la gorra colorada se paró un instante frente a la puerta, miró hacia ambos lados, como cerciorándose que nadie lo sorprendiera, y entró por el pasillo de luz.

Más atrás, una mujer muy gorda llegó hasta ahí mismo jadeando, gesticulando como si no pudiera respirar y señalando con desesperación la puerta que se acababa de cerrar.

En un instante se llenó de gente. La policía acordonó la vereda y nadie quería perderse detalles del espectáculo, aunque nadie tampoco sabía de qué se trataba todo.

Al poco rato la gorda ya podía respirar y figuraba tomando un vaso de agua y sentada en un pequeño banquito de madera que le facilitó una vecina.

Entre los curiosos se comentaba que a la mujer la habían asaltado y que el delincuente se encontraba en aquella casa antigua, ahora custodiada por aburridos policías que miraban para todos lados sin tampoco estar muy convencidos de que estar ahí serviría para algo.

Otros más imaginativos especulaban que la mujer no era víctima sino que la cómplice de un crimen. Y no estaba esposada, decía muy convencido un viejo calvo de barbas amarillentas, sólo porque su ancho no le daba para salir corriendo y menos para escabullirse sin ser vista.

Y así transcurrió una, dos, y hasta tres horas. La noche se vino encima y la multitud de curiosos se redujo a su mínima expresión hasta que la gorda quedó sola con dos carabineros rasos.

Habían ya hecho buenas migas y hasta uno de los efectivos le había llevado un sándwich. La vecina también se aburrió, le pidió el banquito de madera y entró a su casa para no volver a salir.

Y pasada la medianoche, cuando los policías se encontraban en la esquina conversando del partido del domingo, y la gorda dormitaba sentada en la cuneta, el tipo de la gorra colorada salió sigiloso. Con un cigarrillo en la boca le dio dos vueltas a la chapa y empezó a caminar como si nada, hasta perderse a la vuelta de la esquina oscura.

La gorda despertó de sobresalto dando un pequeño grito. Los carabineros corrieron hasta ella y se encendió la luz de la casa de la vecina. Otra vez empezó a ahogarse, pero se puso de pie y poniendo los ojos blancos y en medio de una especie de trance dijo firme con voz de ultratumba: “Ya no está aquí”.

El episodio fue observado y comentado por dos jóvenes que pasaban por ahí justo en los momentos que todo esto transcurría.

- Terrible’ cuática la guatona ¿ah?
- la cagó.

11 feb 2009

Dudo

Yo dudo. De ti, de mí, de todos. No es vida cuando nada es seguro. Y cuando las únicas certezas son que el sol se va a esconder y que al otro día muy temprano va a salir -pese a que la verdad de todo es que el mundo da vueltas como un trompo- es que definitivamente está todo muy mal.

Y cuando digo “muy mal” es porque, sí, está todo “muy pero muy mal”.

Tanto así que he pensado en tirarme al vacío y quedar hecho “líquido” en el suelo, como dijo alguien por ahí. Pero dudo que pueda hacerlo y me atormenta que la duda se resuelva, como sea, en ese segundo y un poco más que transcurriría antes de reventarme contra el pavimento.

Por eso me contento –aunque no precisamente porque esté “contento”- con pasar horas mirando la distancia entre mi balcón y la calle, pensando en la textura de esa acera áspera y para variar dudando sobre si realmente estaré así por depresión o simplemente por lo nocivo de tener en exceso tiempo de ocio.

6 nov 2008

Chivo

Sí sé que estoy loco, le dije, y comencé a caminar y caminar hasta que llegué aquí.

Lo que no me esperaba, eso sí, era encontrarme con esto. No tiene explicación, es inaudito, insólito, y todos esos nombres de viejos negocios de tela.

Pero el tiempo había pasado y entre que conversaba esto contigo y me distraía un poco mirando para otro lado mientras me dabas tus sesudas respuestas, habías simplemente desaparecido.

Era cuestión de esperar que volvieras, pensé, y seguí observando atento cómo entraban los rayos de sol por la ventana delatados por el polvo en suspensión.

Sin embargo, mas, pero, no volviste. Y hasta dudé que alguna vez hayas estado ahí, y en eso, de verdad, yo no tengo nada que ver.

¿Te das cuenta entonces cómo contribuiste a que me pasara lo que me pasó?, ¿no sientes en realidad que fuiste artífice de todo?.

Yo tengo la conciencia tranquila y mi alma en paz. Esa es la gracia de tener a quién echarle la culpa.

2 nov 2008

Ánima

Ingresé por mi cuenta, de manera voluntaria y sin que nadie me lo recomendara o me advirtiera de sus riesgos. Allí estaba aquel laberinto, con un gran acceso y múltiples senderos para explorar.

Entré no más y seguí una ruta por la izquierda. ¿Por qué?, porque soy zurdo, supongo. Había avanzado sólo algunos metros y el camino terminó en cinco puertas: dos a cada lado y una igual que las demás pero al fondo de un pasillo.

Opté por el centro y salí a una especie de potrero abierto, el cual atravesé bajo un sol bastante intenso. Subí una pequeña loma y pude divisar todo el entorno. Para mi sorpresa era una pequeña y desolada isla. Hacia el norte había sin embargo algo que cortaba el paisaje. A lo lejos parecía una población de casas cuadradas de color azul. Había por lo menos 30, todas perfectamente alineadas.

Caminé cerca de media hora para llegar a ese lugar y las casas eran en realidad casetas, cada una poco más grande que un quiosco, sin numeración ni con ventanas. Sólo con una angosta puerta.

Elegí una que estaba en un extremo. Podían ser baños públicos pero también locales comerciales. En una de esas hasta había bebidas y galletas.

Abrí la puerta y había una especie de cortina negra. Entré y sentí como la puerta se cerró de manera automática. La oscuridad era total y el silencio también. A tientas avancé y corrí otra cortina. Choqué con la pared después de caminar algunos pasos y logré afirmarme otra vez de la manilla de la puerta, lo cual era muy raro porque estaba seguro de haber ido en sólo una dirección.

Abrí con el firme propósito de revisar las otras casetas, pero salí en otro lugar. Era de noche y hacía frío. Tuve cuidado de no cerrar la puerta, así que opté por no aventurarme y emprender el regreso. Entonces volví, otra vez sin ver ni oír nada, por donde había venido.

Pero al abrir estaba otra vez en esa noche helada. Hice el ejercicio una, dos, tres veces y no había caso. No me quedó más alternativa que salir y mirar donde estaba. La puerta de la que yo salí estaba mimetizada en medio de una pared de rocas, y de la caseta azul no había rastro alguno.

Caminé algunos metros. Apenas se divisaban unos cerros, las estrellas brillaban a ratos tapadas por nubes que avanzaban rápido y el viento hacía sonar las hojas de los árboles de una especie de bosque que al parecer estaba a mis espaldas.

Hacía tanto frío que quise mejor refugiarme dentro de la cámara oscura. Pero la puerta ya no estaba.

Me senté ahí mismo sin saber qué hacer y con la esperanza que fuera madrugada y que el sol saliera pronto. No sé cuántas horas pasaron, no sé tampoco si han pasado días o semanas. Sigo aquí, esperando algo.

No tengo hambre y curiosamente, ninguna necesidad biológica. Antes quería encontrar algo que beber o comer, pero ahora no. Lo más raro es que tampoco tengo ansiedad de nada. Ni siquiera curiosidad de saber qué hay más allá y si lo que oigo es realmente un bosque. La sensación, eso lo tengo muy claro, es la de haber regresado.

23 oct 2008

Escape

Busqué en todos lados: en el closet, dentro del horno, en los cajones, debajo de la estufa, dentro de la estufa, en la tierra de los maceteros, debajo de la alfombra, en el hueco que se forma entre el refrigerador y la pared, detrás de los cuadros, dentro de los interruptores, en el estanque de la taza del baño, en los tazones multicolores de los desayunos generosos, entre la ropa sucia y dentro de mis zapatos.

Pero no encontré nada. Ni siquiera huellas.

El maldito gnomo había huido y yo quedaría frente a todos como un loco.