Busqué en todos lados: en el closet, dentro del horno, en los cajones, debajo de la estufa, dentro de la estufa, en la tierra de los maceteros, debajo de la alfombra, en el hueco que se forma entre el refrigerador y la pared, detrás de los cuadros, dentro de los interruptores, en el estanque de la taza del baño, en los tazones multicolores de los desayunos generosos, entre la ropa sucia y dentro de mis zapatos.
Pero no encontré nada. Ni siquiera huellas.
El maldito gnomo había huido y yo quedaría frente a todos como un loco.
23 oct 2008
4 jul 2008
Te propongo
Llamó tantas veces sin obtener respuesta que se fue con la desolación a cuestas por la calle corta que termina en el acacio apolillado.
Las asas de la bolsa malla tirillenta habían hace rato quedado desnudas del plástico que las cubría y sólo el ovalado alambre medio oxidado le servían para llevar la carga, dejándole hondas hendiduras en las manos que se confundían en ese mar de arrugas.
Y si hubieran abierto la maldita puerta...
La muerte, como dicen, andaba paseándose a la vuelta de la esquina y no le perdía el rastro a nadie, ni siquiera a los que creían ser los más precavidos, porque no se trata simplemente de cruzar con cuidado la calle, de no comer tanta porquería, de rezar constantemente el rosario y los padres nuestros; ni siquiera es cosa de evitar la oscuridad y de no subirse ni a buses ni aviones, o de tomar una pastilla crónica de por vida.
Menos evitar los gatos negros -los pobres gatos negros- o no pasar por debajo de las escaleras o dejar el paraguas siempre bien cerrado dentro de la casa.
Llega el último suspiro sin dejar siquiera tiempo para decir "mierda, me muero", y todo por culpa de la esperanza, la misma que envalentona a los héroes para jactarse que siguen vivos.
La tragedia es tragedia siempre. Conforma a los creyentes y atormenta a los incrédulos, que se resquebrajan la cabeza mirando su reloj, maldiciendo al mundo entero porque todo ocurrió en un segundo y no dos antes, o dos después, o por el paso mal dado, por la bendita vereda levantada, por la tapilla de la bota, que justo en ese lugar, y qué desazón, ni 50 centímetros más allá o incluso 20 más acá.
Las miradas ven que se desploma. Primero cae de rodillas y luego se va de bruces contra la vereda. Se le desarma un poco el moño blanco y queda finalmente tendida sin quejarse.
La bolsa cae abierta y deja escapar objetos varios que viajaban asfixiados: una peineta, una malla con tomates, un chaleco viejo, una lámpara desarmada. Y también una pelota pequeña de colores vivos que comienza a correr por la cuneta.
Llegan a ayudarla y la sientan a la sombra del acacio, pese a que está nublado y empieza a oscurecer.
Y la pelota sigue corriendo como si huyera de la escena. Atraviesa la calle y es mordida por el neumático de un automóvil, que no alcanza a reventarla, pero que la lanza lejos, calle abajo. Cuando ya comienza a detenerse despierta el interés de un niño de tres años que suelta la mano de su madre distraida y se lanza sin pensarlo a atraparla, como si se tratara de un tesoro.
Un taxista viene sin pasajeros tarareando una canción y se encuentra con el pequeño. Frena y le grita un par de cosas a la joven que tras una carrera torpe lo mira con una risa de espanto y el color propio de la vergüenza. Lo divisan a mitad de cuadra y llaman su atención con un silbido. Avanza y se estaciona.
Una mujer anciana, muy pobre, que se había desmayado, se rompió la boca y había que llevarla a la posta. El hombre aceptó subirla sólo si le aseguraban que no estaba tan mal y si le pagaban por adelantado. Tampoco quiso que se sentara así no más, porque su tapiz -dijo- era nuevo.
Una vecina se ofreció para acompañarla y trajo una frazada. La pusieron extendida en el asiento. En la radio del auto sonaba una canción de Sandro, de eso no me olvido. Dos vecinas y un señor que pasaba por ahí habían recogido las cosas y las habían vuelto a meter a la bolsa. Ahora ayudaban a la mujer a ponerse de pie para avanzar hacia el auto. Caminaron lentamente, y con la misma velocidad la hicieron entrar por la puerta trasera.
Una punta de la lámpara que sobresalía de la bolsa que en ese momento cargaba el hombre tocó la pintura del auto e hizo un ruido de esos que destemplan los dientes. El taxista, que se había mantenido indiferente se bajó indignado y los insultó a todos.
Y el crujido vino mientras le pasaba la manga de su chaleco a la carrocería para tratar inútilmente de aminorar el daño visual. El acacio apolillado se le vino encima y lo destrozó contra su propio auto.
Y sólo entonces, con el alboroto que los sacó a todos a la calle, se abrió la puerta aquella, la causante de todo, y en el aire se oía:
''yo no te propongo ni el sol ni las estrellas, tampoco te ofrezco un castillo de ilusión...''
Las asas de la bolsa malla tirillenta habían hace rato quedado desnudas del plástico que las cubría y sólo el ovalado alambre medio oxidado le servían para llevar la carga, dejándole hondas hendiduras en las manos que se confundían en ese mar de arrugas.
Y si hubieran abierto la maldita puerta...
La muerte, como dicen, andaba paseándose a la vuelta de la esquina y no le perdía el rastro a nadie, ni siquiera a los que creían ser los más precavidos, porque no se trata simplemente de cruzar con cuidado la calle, de no comer tanta porquería, de rezar constantemente el rosario y los padres nuestros; ni siquiera es cosa de evitar la oscuridad y de no subirse ni a buses ni aviones, o de tomar una pastilla crónica de por vida.
Menos evitar los gatos negros -los pobres gatos negros- o no pasar por debajo de las escaleras o dejar el paraguas siempre bien cerrado dentro de la casa.
Llega el último suspiro sin dejar siquiera tiempo para decir "mierda, me muero", y todo por culpa de la esperanza, la misma que envalentona a los héroes para jactarse que siguen vivos.
La tragedia es tragedia siempre. Conforma a los creyentes y atormenta a los incrédulos, que se resquebrajan la cabeza mirando su reloj, maldiciendo al mundo entero porque todo ocurrió en un segundo y no dos antes, o dos después, o por el paso mal dado, por la bendita vereda levantada, por la tapilla de la bota, que justo en ese lugar, y qué desazón, ni 50 centímetros más allá o incluso 20 más acá.
Las miradas ven que se desploma. Primero cae de rodillas y luego se va de bruces contra la vereda. Se le desarma un poco el moño blanco y queda finalmente tendida sin quejarse.
La bolsa cae abierta y deja escapar objetos varios que viajaban asfixiados: una peineta, una malla con tomates, un chaleco viejo, una lámpara desarmada. Y también una pelota pequeña de colores vivos que comienza a correr por la cuneta.
Llegan a ayudarla y la sientan a la sombra del acacio, pese a que está nublado y empieza a oscurecer.
Y la pelota sigue corriendo como si huyera de la escena. Atraviesa la calle y es mordida por el neumático de un automóvil, que no alcanza a reventarla, pero que la lanza lejos, calle abajo. Cuando ya comienza a detenerse despierta el interés de un niño de tres años que suelta la mano de su madre distraida y se lanza sin pensarlo a atraparla, como si se tratara de un tesoro.
Un taxista viene sin pasajeros tarareando una canción y se encuentra con el pequeño. Frena y le grita un par de cosas a la joven que tras una carrera torpe lo mira con una risa de espanto y el color propio de la vergüenza. Lo divisan a mitad de cuadra y llaman su atención con un silbido. Avanza y se estaciona.
Una mujer anciana, muy pobre, que se había desmayado, se rompió la boca y había que llevarla a la posta. El hombre aceptó subirla sólo si le aseguraban que no estaba tan mal y si le pagaban por adelantado. Tampoco quiso que se sentara así no más, porque su tapiz -dijo- era nuevo.
Una vecina se ofreció para acompañarla y trajo una frazada. La pusieron extendida en el asiento. En la radio del auto sonaba una canción de Sandro, de eso no me olvido. Dos vecinas y un señor que pasaba por ahí habían recogido las cosas y las habían vuelto a meter a la bolsa. Ahora ayudaban a la mujer a ponerse de pie para avanzar hacia el auto. Caminaron lentamente, y con la misma velocidad la hicieron entrar por la puerta trasera.
Una punta de la lámpara que sobresalía de la bolsa que en ese momento cargaba el hombre tocó la pintura del auto e hizo un ruido de esos que destemplan los dientes. El taxista, que se había mantenido indiferente se bajó indignado y los insultó a todos.
Y el crujido vino mientras le pasaba la manga de su chaleco a la carrocería para tratar inútilmente de aminorar el daño visual. El acacio apolillado se le vino encima y lo destrozó contra su propio auto.
Y sólo entonces, con el alboroto que los sacó a todos a la calle, se abrió la puerta aquella, la causante de todo, y en el aire se oía:
''yo no te propongo ni el sol ni las estrellas, tampoco te ofrezco un castillo de ilusión...''
23 jun 2008
La Mentira
La verdad es que es un murciélago, con sus alas perfectas, sus colmillos y hasta su sombra. Me produce una sensación de temor y me transporta a una vivencia antigua que no logro esclarecer.
Su posición es desafiante y agresiva. No teme, mas sabe que le temen y pareciera a punto de abalanzarse sobre quien se le ponga en frente.
Es una especie de demonio que pareciera encarnar en su forma atolondrada sentimientos de odio y maldad infinitos.
Su imagen me incita a sentir frío y me invita a salir corriendo, pero no puedo, no debo, tengo que quedarme y superar todo esto, aunque cueste, aunque sea un martirio y me produzca sufrimiento.
-¿Qué ves entonces en la imagen?
- ¡Ah!, veo flores y un campo muy bonito.
-¿Dónde las ves exactamente?
- Aquí, al lado de los peluches.
- ¿peluches?
- Sí, por acá, ¿ve?
Su posición es desafiante y agresiva. No teme, mas sabe que le temen y pareciera a punto de abalanzarse sobre quien se le ponga en frente.
Es una especie de demonio que pareciera encarnar en su forma atolondrada sentimientos de odio y maldad infinitos.
Su imagen me incita a sentir frío y me invita a salir corriendo, pero no puedo, no debo, tengo que quedarme y superar todo esto, aunque cueste, aunque sea un martirio y me produzca sufrimiento.
-¿Qué ves entonces en la imagen?
- ¡Ah!, veo flores y un campo muy bonito.
-¿Dónde las ves exactamente?
- Aquí, al lado de los peluches.
- ¿peluches?
- Sí, por acá, ¿ve?
14 may 2008
No, gracias
"No, gracias", le dije y seguí caminando como si nada, pero me siguió, hasta acá mismo, hasta la puerta de mi casa y volvía a insistir mientras yo sacaba la llave para abrir.
Me vi en la obligación de repetir mi frase, pero con mayor énfasis y mirando fíjamente sus ojos, casi de modo desafiante: "no, gracias".
¿Tara mental?, ¿desconexión con el mundo?, no sabría definirlo, porque de verdad esa tuzudez escapaba a todo intento racional por dejar hasta ahí no más el asunto.
Debí recurrir entonces a lo irracional y a prestarle un poco de atención. Entonces escuché atento y sin interrupciones todo su discurso, y pude ver el alivio que este personaje sentía, no de hablar conmigo, sino que por cumplir una especie de misión.
Y me preguntó entonces si creía, y le dije que sí, que creía en Jehova, y que al mismo tiempo le temía, porque la verdad es que había dedicado mi vida al culto de Satanás, el ángel rebelde, y a los argumentos de éste para reclamar, como fuera, los derechos que su severo padre le había negado eternamente...y justifiqué los males del mundo como una opción guerrillera en una especie de panorama político celestial.
"Es más, creo que he llegado a comunicarme con Satanás en una especie de altar que construí en el living de la casa. Si gustas entras y te muestro..", le dije con una normalidad que contrastaba con sus ojos de huevo frito y con un seco "no, gracias" que me dio como respuesta.
Y sólo Dios sabe cuanto alivio me produjo ver cómo se alejaba a paso acelerado y desaparecía en la esquina para siempre de mi vista.
Me vi en la obligación de repetir mi frase, pero con mayor énfasis y mirando fíjamente sus ojos, casi de modo desafiante: "no, gracias".
¿Tara mental?, ¿desconexión con el mundo?, no sabría definirlo, porque de verdad esa tuzudez escapaba a todo intento racional por dejar hasta ahí no más el asunto.
Debí recurrir entonces a lo irracional y a prestarle un poco de atención. Entonces escuché atento y sin interrupciones todo su discurso, y pude ver el alivio que este personaje sentía, no de hablar conmigo, sino que por cumplir una especie de misión.
Y me preguntó entonces si creía, y le dije que sí, que creía en Jehova, y que al mismo tiempo le temía, porque la verdad es que había dedicado mi vida al culto de Satanás, el ángel rebelde, y a los argumentos de éste para reclamar, como fuera, los derechos que su severo padre le había negado eternamente...y justifiqué los males del mundo como una opción guerrillera en una especie de panorama político celestial.
"Es más, creo que he llegado a comunicarme con Satanás en una especie de altar que construí en el living de la casa. Si gustas entras y te muestro..", le dije con una normalidad que contrastaba con sus ojos de huevo frito y con un seco "no, gracias" que me dio como respuesta.
Y sólo Dios sabe cuanto alivio me produjo ver cómo se alejaba a paso acelerado y desaparecía en la esquina para siempre de mi vista.
15 feb 2008
Cascarón
En la secta bajo cuyas enseñanzas crecí, los tipos que habían sido “malos” en la vida no se iban al infierno a mirarle los cachos y las patitas de chancho al “mandinga”, ni a vivir bacanales orgías mezcladas con risibles hechos de sangre.
Todo lo contrario, a los malandrines –decían esas enseñanzas sin libro de por medio- los encerraban en cascarones negros.
Ni contacto con el exterior ni nada, simplemente los mandaban a los cascarones estrechos y oscuros, cual genio esperando toda una eternindad su oportunidad de salir para convertirse en suche de algún depravado frotador de botellas.
El tipo del cascarón, en cambio, está sumido en la oscuridad, en el silencio, en una calma fría y angustiante, solamente pensando.
Pensando en lo que sea, quizás, tratando de recordar la luz para no olvidarla, recreando episodios de libertad… en resumen, lo que haría un muerto si pudiera pensar, pero estando perfectamente consciente, en ese supuesto estado espiritual que sustenta la religiosidad.
El instinto ovíparo, aunque somos mamíferos, nos dice que quizás ese cascarón debe romperse y que entonces se volvería a vivir, una especie de “renacer”. Pero algo así suena como una triste esperanza de cuento feliz. No, el maldito del cascarón pensará y se quedará ahí para siempre, en la soledad absoluta dentro de su compacto recipiente, el que seguramente, y de manera paradójica, tal vez fue pensado para estar junto a otros cientos, miles, millones, pegados unos a otros…
Una masa de cascarones pensantes e independientes, de tipos malos o que lo fueron al menos, todos muy solos pero unidos, generando en una de esas una vibración general, un mensaje único que quizás logre ser captado sutil e inconscientemente por los vivos, así como las buenas intenciones divinas, traducible, en este caso, a tres simples palabras: “sáquenme de aquí”.
Todo lo contrario, a los malandrines –decían esas enseñanzas sin libro de por medio- los encerraban en cascarones negros.
Ni contacto con el exterior ni nada, simplemente los mandaban a los cascarones estrechos y oscuros, cual genio esperando toda una eternindad su oportunidad de salir para convertirse en suche de algún depravado frotador de botellas.
El tipo del cascarón, en cambio, está sumido en la oscuridad, en el silencio, en una calma fría y angustiante, solamente pensando.
Pensando en lo que sea, quizás, tratando de recordar la luz para no olvidarla, recreando episodios de libertad… en resumen, lo que haría un muerto si pudiera pensar, pero estando perfectamente consciente, en ese supuesto estado espiritual que sustenta la religiosidad.
El instinto ovíparo, aunque somos mamíferos, nos dice que quizás ese cascarón debe romperse y que entonces se volvería a vivir, una especie de “renacer”. Pero algo así suena como una triste esperanza de cuento feliz. No, el maldito del cascarón pensará y se quedará ahí para siempre, en la soledad absoluta dentro de su compacto recipiente, el que seguramente, y de manera paradójica, tal vez fue pensado para estar junto a otros cientos, miles, millones, pegados unos a otros…
Una masa de cascarones pensantes e independientes, de tipos malos o que lo fueron al menos, todos muy solos pero unidos, generando en una de esas una vibración general, un mensaje único que quizás logre ser captado sutil e inconscientemente por los vivos, así como las buenas intenciones divinas, traducible, en este caso, a tres simples palabras: “sáquenme de aquí”.
10 jul 2007
Le caí bien al tal Rebeco
No dejó de hacer la maldita mueca, y se retorcía sin sacarme los ojos de encima a sabiendas que me iba a quedar mirando hasta donde me durara la puta paciencia.
Y seguía, y dale, y que otra vez, y versión con la lengua afuera, y simulando ojos cerrados, y cada vez que lo hacía se carcajeaba, y yo ahí sentado, con cara de nada, sonriendo a veces, sobre todo cuando su madre me miraba y me decía, “¿es hincha pelotas mi hijo ah?”, y yo respondía que no – hipócrita como siempre en estos casos- y para aportar algo agregaba que “así son los niños”, y lo miraba y ya estaba de nuevo echándose papas fritas por montones hasta formar dos globos enormes con los pómulos hasta que me observaba fijamente otra vez y luego empezaba a carcajearse desde muy adentro, hasta casi ponerse morado, y sin darme tiempo de reaccionar emitía una risotada tipo volcán y me caía una lluvia de papas fritas molidas algo baboseadas en la cara.
“¡Rebeco, córtala!”, le decía ella al monstruo cachorro ese de nombre indefinido… es que nadie puede llamarse “Rebeco”… pero él sabía que yo estaba en desigualdad de condiciones, porque mi novia demoraba horas en el baño…
Yo la imaginaba mirándose en el espejo, y ella, ¿me imaginaría acaso jugando con Rebeco?.
Lo dudo, porque hubo tiempo suficiente para que de las muecas pasara a los juguetes mientras su madre extendía su verborrea con otras amistades que estaban pendientes de todo y de nada al mismo tiempo, y a Rebeco parece que finalmente le caí bien, porque trajo junto a mí uno a uno todos sus juguetes… el problema es que cualquiera que me interesara me lo quitaba, entonces, ¿para qué me los traía el mocoso de mierda mañoso, si me los iba a arrebatar?.
Eso estaba pensando cuando me pasó un muñeco de goma de no sé qué serie gringa, y un minuto después me lo quitó de un tirón tan fuerte que me pilló desprevenido y claro, cuando lo solté el pequeño demonio perdió el equilibrio y pasó de la algarabía descontrolada al llanto desproporcionado tras caer de poto apoyándose a duras penas con las manos.
Y mi novia no volvía del baño y el papá de Rebeco, que siempre me había hablado poco y ya estaba un poco pasado de copas, parece que sacó personalidad, y de la peor, confirmando todos los prejuicios en su contra, y empezó a encararme con gesto facial de pescado que por qué había maltratado “al niño”, y la madre de éste, su pareja también, le inisitía en que Rebeco no cayó tan fuerte, pero eso más indignaba a Rebeco grande, que olía como la gran mierda –hay que decirlo- porque me mareaba con su tufada trasnochada y yo parece que tratando de calmarlo más lo sacaba de quicio, lo cual no era novedad, porque de verdad, parece que tengo esa capacidad de descontrolar sin hacer demasiado.
En eso estaba cuando mi novia salió finalmente del baño para salvar la situación, pero lejos de calmarse, al observar el cuadro se puso colorada y empezó a insultar y a recordar hasta la maternidad más entrañable de Rebecote padre, quien sólo de bien educado –de lo mal educado que era- no arremetió contra ella. “Menos mal”, pensé cuando iba cayendo luego de recibir de parte de él un gran combo que me dejó grogui, porque si la hubiese tocado a ella, la historia “habría tenido otro desenlace”.
Y mientras Rebeco lloraba con cierto placer, mi novia de no sé donde –es lo que recuerdo en medio de imágenes borrosas- sacó un repertorio de insultos y las emprendió contra mi “victimario” con un cenicero de cobre, que lo dejó Grogui también, y la mamá de Rebeco se metió al baile y le llegó en el rostro un platazo de loza que además de expandir ramitas en todo el lugar y de desatar los gritos histéricos pero inútiles de las contertulias, le gatilló una hemorragia nasal de esas que ya se ven poco y que en épocas remotas se solucionaba sacando el infaltable pañuelo de género y haciendo que el o la afectada miraran bastante rato hacia el cielo.
Al ver todo este episodio, intenté ponerme de pie, pero me caí, y al segundo intento también, mientras mi novia improvisaba el truco del pañuelo con toalla Nova, con la ayuda de las atónitas y poco diligentes demás invitadas. Y Rebeco, con los ojos aún brillantes, dejaba de llorar, me miraba, y se reía, casi sin importarle que su padre siguiera ahí tirado, pero por la resaca más que nada, porque deben haber pasado eternos dos minutos y el hombre roncaba sobre la alfombra… y Rebeco tras mi tercer intento volvía a carcajearse… parece que sí, efectivamente, yo le caía muy bien.
Y seguía, y dale, y que otra vez, y versión con la lengua afuera, y simulando ojos cerrados, y cada vez que lo hacía se carcajeaba, y yo ahí sentado, con cara de nada, sonriendo a veces, sobre todo cuando su madre me miraba y me decía, “¿es hincha pelotas mi hijo ah?”, y yo respondía que no – hipócrita como siempre en estos casos- y para aportar algo agregaba que “así son los niños”, y lo miraba y ya estaba de nuevo echándose papas fritas por montones hasta formar dos globos enormes con los pómulos hasta que me observaba fijamente otra vez y luego empezaba a carcajearse desde muy adentro, hasta casi ponerse morado, y sin darme tiempo de reaccionar emitía una risotada tipo volcán y me caía una lluvia de papas fritas molidas algo baboseadas en la cara.
“¡Rebeco, córtala!”, le decía ella al monstruo cachorro ese de nombre indefinido… es que nadie puede llamarse “Rebeco”… pero él sabía que yo estaba en desigualdad de condiciones, porque mi novia demoraba horas en el baño…
Yo la imaginaba mirándose en el espejo, y ella, ¿me imaginaría acaso jugando con Rebeco?.
Lo dudo, porque hubo tiempo suficiente para que de las muecas pasara a los juguetes mientras su madre extendía su verborrea con otras amistades que estaban pendientes de todo y de nada al mismo tiempo, y a Rebeco parece que finalmente le caí bien, porque trajo junto a mí uno a uno todos sus juguetes… el problema es que cualquiera que me interesara me lo quitaba, entonces, ¿para qué me los traía el mocoso de mierda mañoso, si me los iba a arrebatar?.
Eso estaba pensando cuando me pasó un muñeco de goma de no sé qué serie gringa, y un minuto después me lo quitó de un tirón tan fuerte que me pilló desprevenido y claro, cuando lo solté el pequeño demonio perdió el equilibrio y pasó de la algarabía descontrolada al llanto desproporcionado tras caer de poto apoyándose a duras penas con las manos.
Y mi novia no volvía del baño y el papá de Rebeco, que siempre me había hablado poco y ya estaba un poco pasado de copas, parece que sacó personalidad, y de la peor, confirmando todos los prejuicios en su contra, y empezó a encararme con gesto facial de pescado que por qué había maltratado “al niño”, y la madre de éste, su pareja también, le inisitía en que Rebeco no cayó tan fuerte, pero eso más indignaba a Rebeco grande, que olía como la gran mierda –hay que decirlo- porque me mareaba con su tufada trasnochada y yo parece que tratando de calmarlo más lo sacaba de quicio, lo cual no era novedad, porque de verdad, parece que tengo esa capacidad de descontrolar sin hacer demasiado.
En eso estaba cuando mi novia salió finalmente del baño para salvar la situación, pero lejos de calmarse, al observar el cuadro se puso colorada y empezó a insultar y a recordar hasta la maternidad más entrañable de Rebecote padre, quien sólo de bien educado –de lo mal educado que era- no arremetió contra ella. “Menos mal”, pensé cuando iba cayendo luego de recibir de parte de él un gran combo que me dejó grogui, porque si la hubiese tocado a ella, la historia “habría tenido otro desenlace”.
Y mientras Rebeco lloraba con cierto placer, mi novia de no sé donde –es lo que recuerdo en medio de imágenes borrosas- sacó un repertorio de insultos y las emprendió contra mi “victimario” con un cenicero de cobre, que lo dejó Grogui también, y la mamá de Rebeco se metió al baile y le llegó en el rostro un platazo de loza que además de expandir ramitas en todo el lugar y de desatar los gritos histéricos pero inútiles de las contertulias, le gatilló una hemorragia nasal de esas que ya se ven poco y que en épocas remotas se solucionaba sacando el infaltable pañuelo de género y haciendo que el o la afectada miraran bastante rato hacia el cielo.
Al ver todo este episodio, intenté ponerme de pie, pero me caí, y al segundo intento también, mientras mi novia improvisaba el truco del pañuelo con toalla Nova, con la ayuda de las atónitas y poco diligentes demás invitadas. Y Rebeco, con los ojos aún brillantes, dejaba de llorar, me miraba, y se reía, casi sin importarle que su padre siguiera ahí tirado, pero por la resaca más que nada, porque deben haber pasado eternos dos minutos y el hombre roncaba sobre la alfombra… y Rebeco tras mi tercer intento volvía a carcajearse… parece que sí, efectivamente, yo le caía muy bien.
25 jun 2007
Insultos lejos de las sombras
Soñé hace muy poco que iba a buscarte y no solamente no estabas, sino que te habían llevado a otro lugar. Como se trataba de un sueño, no tardé en llegar allí y entré a una especie de casa antigua muy amplia y de pasillos anchos y lúgubres, donde la penumbra lo invadía todo.
En cada habitación oscura habían tres camas muy distantes unas de otras sólo con sábanas blancas que cubrían completamente a personas que murmuraban pero que no asomaban ni siquiera por curiosidad la punta de la nariz para ver quien era el extraño.
Miré tres cuartos y en cada uno de ellos se repetía lo mismo. Y no era necesario indagar en cada una de las camas para saber que tú no estabas ahí.
Desperté más tarde con la confusión a cuestas, pero con el inexplicable alivio de saber que no debía buscarte en las sombras. Por eso fue, y no por otra cosa, que te llamé de madrugada... y debo admitir que fueron los insultos más tranquilizadores y esperanzadores que he recibido en toda mi vida.
En cada habitación oscura habían tres camas muy distantes unas de otras sólo con sábanas blancas que cubrían completamente a personas que murmuraban pero que no asomaban ni siquiera por curiosidad la punta de la nariz para ver quien era el extraño.
Miré tres cuartos y en cada uno de ellos se repetía lo mismo. Y no era necesario indagar en cada una de las camas para saber que tú no estabas ahí.
Desperté más tarde con la confusión a cuestas, pero con el inexplicable alivio de saber que no debía buscarte en las sombras. Por eso fue, y no por otra cosa, que te llamé de madrugada... y debo admitir que fueron los insultos más tranquilizadores y esperanzadores que he recibido en toda mi vida.
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