Soñé hace muy poco que iba a buscarte y no solamente no estabas, sino que te habían llevado a otro lugar. Como se trataba de un sueño, no tardé en llegar allí y entré a una especie de casa antigua muy amplia y de pasillos anchos y lúgubres, donde la penumbra lo invadía todo.
En cada habitación oscura habían tres camas muy distantes unas de otras sólo con sábanas blancas que cubrían completamente a personas que murmuraban pero que no asomaban ni siquiera por curiosidad la punta de la nariz para ver quien era el extraño.
Miré tres cuartos y en cada uno de ellos se repetía lo mismo. Y no era necesario indagar en cada una de las camas para saber que tú no estabas ahí.
Desperté más tarde con la confusión a cuestas, pero con el inexplicable alivio de saber que no debía buscarte en las sombras. Por eso fue, y no por otra cosa, que te llamé de madrugada... y debo admitir que fueron los insultos más tranquilizadores y esperanzadores que he recibido en toda mi vida.
25 jun 2007
30 may 2007
Mi párrafo para el Transantiago
Y cuando vi a toda esa gente apretujada, con cara de resignación y pena, quise pensar en la humillación colectiva de la que éramos objeto, en la poca visión de las autoridades para encontrar una solución a todo el asunto aquel ya tan manoseado por todos, política y literalmente, y en la triste circunstancia del que estaba obligado sin querer a tener que ser parte de todo esto, lo que a todas luces era absolutamente analizable de no ser porque la señora rellenita del asiento que estaba pegado a mis rodillas quiso ponerse de pie porque en la puerta venía apareciendo una joven con un niño en brazos y para más remate –sí, para más remate- traía consigo un embarazo de esos que si la micro frenaba, podríamos haber quedado todos embadurnados con placenta fresca, lo cual sin embargo y gracias a Dios –o a lo que debe quedar de él- no sucedió y continuamos el viaje con un chofer que gritaba con voz de payaso callejero “señora avance para atrás” y podíamos oír la respuesta de la mujer que decía con un tono suave pero retumbante que no se podía avanzar más, y la réplica del conductor que insistía en que “si avanzan los del medio cabe más gente”, y todo porque tenía que detenerse una cuadra más allá para hacer subir –no sé como- a un tropel de gente que le reclamaba que llevaba una hora esperando, recibiendo como contestación un “mentira señora”, mientras que un señor respetable también le reclamaba que ningún bus paraba, obteiendo como respuesta un tajante “yo sí paro”, como si a la gente le importara que este tipo, sí, justo este, el de la micro más desprovista, fuera el mejor ejemplo de eficiencia ciudadana, posiblemente para quedar bien con la embarazada, cuya barriga me estaba comenzando a presionar, para que ella pudiera disfrutar de la buena voluntad de los amables pero dormidos pasajeros con asiento que a esa hora se dirigían, como todos los días, al sur de la ciudad luego de una extenuante jornada de trabajo reflejada –por desgracia- en ese aroma tan propio de las axilas humanas, que me tenían ya al borde del colapso y con la misión complicada de tener que bajar en unas pocas cuadras más allá, debiendo sortear la mujer encinta, la señora que se puso de pie, el hombre del traje café, la estudiante universitaria, el tipo de corbata, las escolares de cabello de colores, el niño comiendo maní, los nuevos pasajeros que pasaban su tarjeta Bip haciendo el ruido desinflado de de corneta de cumpleaños, y tantas otras cosas que me gustaría comentar pero no puedo porque me tengo que bajar.
23 may 2007
Me vi mirándome
Era yo mismo buscándome desesperado yendo de un lado a otro en el andén. Entre medio del tumulto me quedé quieto y cubrí mi rostro con la bufanda, porque definitivamente no debía encontrarme. Para qué ahora, tan tarde, tan sin sentido.
El tren se oía venir y sentí mi propia desesperación en ese ser ya visiblemente agotado que luchaba inútilmente por hallarme. Me dieron ganas, lo admito, de levantar los brazos y facilitarle las cosas, de permitirle conseguir lo que buscaba, de dejarlo descansar, porque su cansancio también era el mío... pero era una búsqueda inútil, un despropósito absoluto, porque ese yo no tenía derecho a hacerme cambiar de parecer, a hacerme razonar, a modificar lo que ya no había cambiado.
Y entré al carro, a empujones, y quedé presionado contra la puerta que da hacia la vía, casi sin poder moverme, pegado a la ventana. Fue entonces cuando me vi mirándome con el desconsuelo más profundo por el tiempo que no se recupera, con una mirada oscura que me señalaba claramente que no habría otra oportunidad, que todo no sólo había sido inútil, sino que al mismo tiempo doloroso e irreversiblemente perjudicial.
El tren comenzó su marcha y yo, no yo mismo sino que mi perseguidor, me quedé parado estático, como no queriendo resignarme a mi fatal suerte de quedarme rezagado, esperando algo para siempre en esta estación convulsionada; yo en cambio, el fugitivo de mí mismo, había logrado sacarme por fin el peso enorme de no atreverme a subir de una vez al carro y aventurarme hacia la próxima estación.
No olvidaré nunca la mueca de ahogo de mi propia cara pegada a ese vidrio, que desapareció para siempre en ese convoy que se sumergió raudo en medio de la oscuridad.
El tren se oía venir y sentí mi propia desesperación en ese ser ya visiblemente agotado que luchaba inútilmente por hallarme. Me dieron ganas, lo admito, de levantar los brazos y facilitarle las cosas, de permitirle conseguir lo que buscaba, de dejarlo descansar, porque su cansancio también era el mío... pero era una búsqueda inútil, un despropósito absoluto, porque ese yo no tenía derecho a hacerme cambiar de parecer, a hacerme razonar, a modificar lo que ya no había cambiado.
Y entré al carro, a empujones, y quedé presionado contra la puerta que da hacia la vía, casi sin poder moverme, pegado a la ventana. Fue entonces cuando me vi mirándome con el desconsuelo más profundo por el tiempo que no se recupera, con una mirada oscura que me señalaba claramente que no habría otra oportunidad, que todo no sólo había sido inútil, sino que al mismo tiempo doloroso e irreversiblemente perjudicial.
El tren comenzó su marcha y yo, no yo mismo sino que mi perseguidor, me quedé parado estático, como no queriendo resignarme a mi fatal suerte de quedarme rezagado, esperando algo para siempre en esta estación convulsionada; yo en cambio, el fugitivo de mí mismo, había logrado sacarme por fin el peso enorme de no atreverme a subir de una vez al carro y aventurarme hacia la próxima estación.
No olvidaré nunca la mueca de ahogo de mi propia cara pegada a ese vidrio, que desapareció para siempre en ese convoy que se sumergió raudo en medio de la oscuridad.
6 feb 2007
Zona de curvas
Escribí un cuento completo sobre la amputación de mi propia mano por raras circunstancias, una mano que después cobraba venganza y aparecía dando golpecitos en la ventana. Pero quedó una historia tan aburrida que la suprimí sin asco ni cargo de conciencia. Tiempo y párrafos tirados a la basura.
Me enfrasqué entonces en la historia de un tipo que no tenía destino, que vivía como planta y que comía solamente en el Mc Donald's. Que vida miserable, también borré aquello, aunque era una historia de aquellas odiables, con final feliz y todo.
Y me quedé luego pensando en la maldita inmortalidad del cangrejo, pero más que en eso, en el origen de una estupidez tan ridícula como que un cangrejo puede ser inmortal; y me atacó al mismo tiempo la angustia de mi propia ignorancia, de haber dejado pasar tres décadas y media sin saber qué quisieron decir con eso que los cangrejos no mueren nunca.
La mente me quedó entonces en blanco, y sólo tuve espacio neuronal para constatar aquello que alguna vez hablamos, que la felicidad es un pésimo estado de ánimo para que los dedos corran sin detenerse sobre el teclado.
Pero no me voy a preocupar tanto del asunto, porque bien sé que estar feliz es como conducir a 130 kilómetros por hora en una zona de curvas pronunciadas, con una ancha sonrisa, la música sonando muy fuerte, y rodeado de acantilados profundos.
Y no sabes cómo disfruto no caerme del camino...
Me enfrasqué entonces en la historia de un tipo que no tenía destino, que vivía como planta y que comía solamente en el Mc Donald's. Que vida miserable, también borré aquello, aunque era una historia de aquellas odiables, con final feliz y todo.
Y me quedé luego pensando en la maldita inmortalidad del cangrejo, pero más que en eso, en el origen de una estupidez tan ridícula como que un cangrejo puede ser inmortal; y me atacó al mismo tiempo la angustia de mi propia ignorancia, de haber dejado pasar tres décadas y media sin saber qué quisieron decir con eso que los cangrejos no mueren nunca.
La mente me quedó entonces en blanco, y sólo tuve espacio neuronal para constatar aquello que alguna vez hablamos, que la felicidad es un pésimo estado de ánimo para que los dedos corran sin detenerse sobre el teclado.
Pero no me voy a preocupar tanto del asunto, porque bien sé que estar feliz es como conducir a 130 kilómetros por hora en una zona de curvas pronunciadas, con una ancha sonrisa, la música sonando muy fuerte, y rodeado de acantilados profundos.
Y no sabes cómo disfruto no caerme del camino...
9 ene 2007
No me quiero ir
Me gustaría que te fueras y que no volvieras nunca. Pero aquí estás y no logro exorcizarte. Te apoderas de mis sueños y muchas veces de mis actos, haces que yo aparezca frente a todos como un perfecto idiota y puedo sentir tus carcajadas recorriendo mis entrañas.
No es justo. Siempre recordaré el día que te conocí. Se suponía que era sólo un juego. Ahí llegaste y te presentaste amablemente. Nos saludaste a cada uno, pero a mí me viste débil, tan débil, que te interesé de inmediato.
Yo también me interesé en ti, en tu historia, y todos notaron que entre nosotros había una conexión inexplicable. Como cada viernes, nos encontrábamos, muy tarde, a la luz de las velas y jugábamos a extender cada vez más el límite hasta el que podíamos llegar.
Todo ha cambiado tanto desde aquel día nefasto. Admito que en un comienzo me dejé llevar por tus señales, por tus avisos, por el frío que lo inundaba todo. Aquí estás, decía yo en medio de la noche, cerrando los ojos para facilitar aquel contacto, en que podía ver lugares, rostros y vivencias que no eran parte de mi entorno.
Ahora eres capaz de decir lo que no quiero, y debo luchar para distinguir si algunos de mis actos o intenciones están bajo tu influencia. Al menos no has logrado inmiscuirte en lo que escribo, donde tengo plena certeza que soy yo, sólo yo.
Ese viernes, a diferencia de los otros, hiciste caso omiso a nuestra despedida. “No me quiero ir”, fue el mensaje que nos diste y que nos dejó a todos mirándonos perplejos. “Quédate entonces”, dijo Luis con ironía, sacándonos a todos una carcajada que distendió el ambiente.
Y en eso estábamos cuando el vaso de la ouija se volteó bajo nuestras manos y rodó hasta caer y hacerse trizas en el suelo. En adelante tengo recuerdos borrosos de ese aire frío, cada vez más frío, que comencé a respirar, y de esa risotada maldita que empezó a sonar en mi cerebro, y que sigue sonando aún dentro de mi cabeza, y que te esfuerzas por hacer más estruendosa en la medida que sigo escribiendo todo esto.
No es justo. Siempre recordaré el día que te conocí. Se suponía que era sólo un juego. Ahí llegaste y te presentaste amablemente. Nos saludaste a cada uno, pero a mí me viste débil, tan débil, que te interesé de inmediato.
Yo también me interesé en ti, en tu historia, y todos notaron que entre nosotros había una conexión inexplicable. Como cada viernes, nos encontrábamos, muy tarde, a la luz de las velas y jugábamos a extender cada vez más el límite hasta el que podíamos llegar.
Todo ha cambiado tanto desde aquel día nefasto. Admito que en un comienzo me dejé llevar por tus señales, por tus avisos, por el frío que lo inundaba todo. Aquí estás, decía yo en medio de la noche, cerrando los ojos para facilitar aquel contacto, en que podía ver lugares, rostros y vivencias que no eran parte de mi entorno.
Ahora eres capaz de decir lo que no quiero, y debo luchar para distinguir si algunos de mis actos o intenciones están bajo tu influencia. Al menos no has logrado inmiscuirte en lo que escribo, donde tengo plena certeza que soy yo, sólo yo.
Ese viernes, a diferencia de los otros, hiciste caso omiso a nuestra despedida. “No me quiero ir”, fue el mensaje que nos diste y que nos dejó a todos mirándonos perplejos. “Quédate entonces”, dijo Luis con ironía, sacándonos a todos una carcajada que distendió el ambiente.
Y en eso estábamos cuando el vaso de la ouija se volteó bajo nuestras manos y rodó hasta caer y hacerse trizas en el suelo. En adelante tengo recuerdos borrosos de ese aire frío, cada vez más frío, que comencé a respirar, y de esa risotada maldita que empezó a sonar en mi cerebro, y que sigue sonando aún dentro de mi cabeza, y que te esfuerzas por hacer más estruendosa en la medida que sigo escribiendo todo esto.
2 ene 2007
La insolencia
Le mandaron llamar el apoderado porque había insultado a su compañera en medio de la clase. No había querido prestarle el sacapuntas, y por eso ella lo tomó del brazo y le dio un fuerte pellizco; él, con el enfado a cuestas, la apartó sobándose el dolor y le gritó “¡puta!”.
El problema es que su dolor lo vivió solo y el insulto, en cambio, lo hizo de público conocimiento, llegando incluso a oídos de la profesora.
La señorita Celia era una mujer joven y algo feminista. Por eso no iba a dejar pasar, bajo ningún pretexto, que un niño se atreviera a tratar así de mal a una mujer, “qué se ha imaginado este mocoso, humillando a una mujer en público, machismo que hay que desterrar de una buena vez”.
Elías –como el profeta- fue castigado sin violencia física. Eso habría sido además motivo de escándalo y de expulsión inmediata de la maestra. En cambio, ésta última no halló nada mejor que llevarlo junto al pizarrón y comenzar una especie de juicio frente a todos los alumnos.
“Quiero que sepas Elías, que lo que acabas de hacer ha estado muy mal y le debes una disculpa a Raquel por haberla llamado de ese modo, porque la forma en que la trataste es inaceptable”, dijo ella con el tono característico de sus clases.
Pero él se defendió. “¡Ella empezó, no le quise prestar el sacapuntas y me pellizcó fuerte!”, respondió, al tiempo que se levantaba la camisa para mostrar la evidencia. Pero a diferencia de otros pellizcos, este había sido sin las uñas, abordando una zona amplia de piel, lo que sumado a su tez morena hizo que no quedara rastro alguno de la agresión.
Y con rostro de incredulidad y de batalla ganada, la señorita Celia volvió a la carga: “y además nos estás diciendo a todos, que lo que motivó todo esto fue tu egoísmo. Éstas son las actitudes que aquí vamos a evitar a toda costa”.
La profesora ignoraba sin embargo que la vez anterior que Elías le pasó su sacapuntas a Raquel, ella no quiso devolvérselo de inmediato y que, más tarde, cuando todos habían salido a recreo, le ofreció devolvérselo a cambio de un beso, cosa que a él lo ruborizó y a ella le hizo ganar un sacapuntas nuevo.
Obviamente, Elías entendía también que toda la agresividad de su compañera no eran otra cosa que honestas y evidentes declaraciones de amor, porque a esa edad y cuando se cursa el primer año básico, aquello del “quien te quiere te aporrea” es parte del día a día.
Por esa razón, por la propia vergüenza que le causaba el asunto, y también para no humillarla, prefirió guardar silencio. Y aunque su rostro estaba rojo de rabia y al borde de las lágrimas, finalmente aceptó disculparse públicamente con Raquel, que lo miraba con su sonrisa pícara y los ojos bien abiertos y brillantes.
Lo que venía era simple burocracia: La anotación en el libro y la comunicación en la libreta para que su madre concurriera al día siguiente, a eso del mediodía, a conversar sobre el asunto.
Paula, la mamá de Elías, llegó puntual a la cita y escuchó atentamente el discurso de la señorita Celia, quien reservaba siempre los minutos finales para mandar llamar al alumno en problemas, tal vez para que desde niños aprendieran que sus actos podían poner en aprietos a sus propias familias.
Pero apenas llegó el pequeño, la progenitora se adelantó a cualquier cosa y le dijo: “Elías, la señorita Celia te quiere explicar qué es una puta”.
- ¡¿Cómo, no sabe qué es eso?! – replicó la maestra descolocada- ¿no le han enseñado?.
- No le hemos enseñado nada de prostitución en casa, por eso esperaba que usted le dijera de qué se trata para que no lo vuelva a repetir –dijo Paula con tranquilidad y parsimonia.
“Yo no estoy para eso, discúlpeme”, dijo la profesora abrumada, recibiendo un “yo tampoco”, de parte de la apoderada, que argumentó que todos esos insultos los había aprendido dentro de la escuela y no en su hogar y que por lo tanto correspondía al establecimiento hacerse cargo.
Finalmente, la señorita Celia cedió y poniéndose a regañadientes otra vez en su rol de educadora, le explicó al pequeño que “puta” es la manera insultante de llamar a las prostitutas, que son trabajadoras sexuales que por lo general ejercen su oficio de noche, que se arreglan mucho y que se ganan la vida saliendo con distintos hombres.
Y hasta ahí no más llegó el tema, porque sonó el timbre, y la maestra optó por sacarse ese bulto, resumiendo rápidamente que el rendimiento del niño había estado bastante bien, que se llevaba de maravilla con los demás compañeros y que su conducta, salvo este incidente, era regularmente buena. Luego se puso de pie, tomó su cartera, se despidió con una sonrisa fingida y se escabulló por un pasillo lateral de la dirección.
El domingo, tres días después de este episodio, y cuando caminaban en silencio de la mano en medio del parque, Elías preguntó: “Mamá, ¿tú eres una puta?”.
El problema es que su dolor lo vivió solo y el insulto, en cambio, lo hizo de público conocimiento, llegando incluso a oídos de la profesora.
La señorita Celia era una mujer joven y algo feminista. Por eso no iba a dejar pasar, bajo ningún pretexto, que un niño se atreviera a tratar así de mal a una mujer, “qué se ha imaginado este mocoso, humillando a una mujer en público, machismo que hay que desterrar de una buena vez”.
Elías –como el profeta- fue castigado sin violencia física. Eso habría sido además motivo de escándalo y de expulsión inmediata de la maestra. En cambio, ésta última no halló nada mejor que llevarlo junto al pizarrón y comenzar una especie de juicio frente a todos los alumnos.
“Quiero que sepas Elías, que lo que acabas de hacer ha estado muy mal y le debes una disculpa a Raquel por haberla llamado de ese modo, porque la forma en que la trataste es inaceptable”, dijo ella con el tono característico de sus clases.
Pero él se defendió. “¡Ella empezó, no le quise prestar el sacapuntas y me pellizcó fuerte!”, respondió, al tiempo que se levantaba la camisa para mostrar la evidencia. Pero a diferencia de otros pellizcos, este había sido sin las uñas, abordando una zona amplia de piel, lo que sumado a su tez morena hizo que no quedara rastro alguno de la agresión.
Y con rostro de incredulidad y de batalla ganada, la señorita Celia volvió a la carga: “y además nos estás diciendo a todos, que lo que motivó todo esto fue tu egoísmo. Éstas son las actitudes que aquí vamos a evitar a toda costa”.
La profesora ignoraba sin embargo que la vez anterior que Elías le pasó su sacapuntas a Raquel, ella no quiso devolvérselo de inmediato y que, más tarde, cuando todos habían salido a recreo, le ofreció devolvérselo a cambio de un beso, cosa que a él lo ruborizó y a ella le hizo ganar un sacapuntas nuevo.
Obviamente, Elías entendía también que toda la agresividad de su compañera no eran otra cosa que honestas y evidentes declaraciones de amor, porque a esa edad y cuando se cursa el primer año básico, aquello del “quien te quiere te aporrea” es parte del día a día.
Por esa razón, por la propia vergüenza que le causaba el asunto, y también para no humillarla, prefirió guardar silencio. Y aunque su rostro estaba rojo de rabia y al borde de las lágrimas, finalmente aceptó disculparse públicamente con Raquel, que lo miraba con su sonrisa pícara y los ojos bien abiertos y brillantes.
Lo que venía era simple burocracia: La anotación en el libro y la comunicación en la libreta para que su madre concurriera al día siguiente, a eso del mediodía, a conversar sobre el asunto.
Paula, la mamá de Elías, llegó puntual a la cita y escuchó atentamente el discurso de la señorita Celia, quien reservaba siempre los minutos finales para mandar llamar al alumno en problemas, tal vez para que desde niños aprendieran que sus actos podían poner en aprietos a sus propias familias.
Pero apenas llegó el pequeño, la progenitora se adelantó a cualquier cosa y le dijo: “Elías, la señorita Celia te quiere explicar qué es una puta”.
- ¡¿Cómo, no sabe qué es eso?! – replicó la maestra descolocada- ¿no le han enseñado?.
- No le hemos enseñado nada de prostitución en casa, por eso esperaba que usted le dijera de qué se trata para que no lo vuelva a repetir –dijo Paula con tranquilidad y parsimonia.
“Yo no estoy para eso, discúlpeme”, dijo la profesora abrumada, recibiendo un “yo tampoco”, de parte de la apoderada, que argumentó que todos esos insultos los había aprendido dentro de la escuela y no en su hogar y que por lo tanto correspondía al establecimiento hacerse cargo.
Finalmente, la señorita Celia cedió y poniéndose a regañadientes otra vez en su rol de educadora, le explicó al pequeño que “puta” es la manera insultante de llamar a las prostitutas, que son trabajadoras sexuales que por lo general ejercen su oficio de noche, que se arreglan mucho y que se ganan la vida saliendo con distintos hombres.
Y hasta ahí no más llegó el tema, porque sonó el timbre, y la maestra optó por sacarse ese bulto, resumiendo rápidamente que el rendimiento del niño había estado bastante bien, que se llevaba de maravilla con los demás compañeros y que su conducta, salvo este incidente, era regularmente buena. Luego se puso de pie, tomó su cartera, se despidió con una sonrisa fingida y se escabulló por un pasillo lateral de la dirección.
El domingo, tres días después de este episodio, y cuando caminaban en silencio de la mano en medio del parque, Elías preguntó: “Mamá, ¿tú eres una puta?”.
28 dic 2006
Bájate con el casco puesto
Era casi una salida como cualquier otra. Obviamente con un claro acento en la contingencia: Augusto Pinochet regresaba desde Londres en un Boeing 707 de la FACh por una ruta desconocida, para evitar que nuevamente fuera detenido.
Y quien mejor que el comandante en jefe de la institución, ese día nuestro anfitrión, para entregar detalles sabrosos de aquel viaje misterioso que tenía intrigado a todo Chile y al mundo entero, sobre todo por su permanente contacto con el piloto encargado de tal travesía.
El propio "CJ" era el que piloteaba esa mañana el ruidoso Hércules C-130 con destino a Antofagasta. Era un espectáculo raro: Un avión de carga con asientos de aerolínea común y silvestre e incluso con azafatas repartiendo dulces.
Llegó entonces el momento del sorteo. Cada uno de los periodistas que íbamos ahí llenamos un papelito con nuestro nombre y lo metímos a una bolsa transparente, como aquellas que usan las señoras de la feria para envasar el repollo recién picado. Había otra bolsa igual para las mujeres del grupo.
Bastó sólo un minuto y el asesor de prensa de la Fach se acercó y me dijo: Saliste sorteado y vas a volar en un Mirage Elkan. Me acuerdo que a la colega de una radio le tocó el mismo 'premio', pero en un F-5.
Admito que me dio miedo. No tanto por volar -ya iba volando de hecho-, sino porque quizás iba a tener pánico escénico y podía protagonizar un indigno espectáculo. Es que hasta algunos juegos de Fantasilandia me producían y me siguen causando bastante vértigo.
Y aunque mi 'sustituto' en caso de no sentirme capaz de subirme a esa turbina con alas estaba ya elegido, mi orgullo me decía que no podía tampoco ser tan cobarde de desistir simplemente porque, quizás, iba a tener una vergonzosa reacción de "no gracias, me voy". El resultado: dolor de guata los 45 minutos que faltaban para llegar a la base de Cerro Moreno.
Llegamos y a los dos "elegidos" nos aislaron de inmediato. Carmen Gloria -así se llamaba ella- partió al Grupo de Aviación número 7 y yo me fui al Grupo 8 con un par de oficiales.
El tiempo estaba calculado de manera precisa y había que actuar con celeridad. Ingresé a una especie de camarín y me pasaron un traje de piloto. El único problema es que los aviadores de verdad son grandotes y se veían bien; yo en cambio, más bajo que ellos, figuraba gracias a ese mameluco azul con un par de piernas que, con suerte, medían 20 centímetros; en cambio, exhibía un tronco amorfamente gigante.
Me salvó luego una especie de faja que va entre las piernas y que se amarra a la cintura, lo que me hizo recobrar a ojos de todos mis extremidades inferiores y la confianza de no hacer el ridículo.
Luego vino la elección del casco. No todos eran iguales y de hecho estaban hechos para distintas cabezas. Tenían los nombres de combate de sus dueños, algunos bastante divertidos y generalmente alusivos a la violencia o a los comics. Creo que finalmente me quedó el de 'Varitek' que emulaba las naves de la serie Robotech que daba Canal 13 por las tardes.
El piloto a cargo del biplaza al que me iba a subir era un capitán cuyo nombre de combate era 'destructor'. Él me iba explicando una serie de indicaciones mientras caminábamos hacia la losa de la base aérea. Era un día radiante, cerca de las 11:00 de la mañana, y ahí estaba el avión, siendo preparado por un par de operarios con trajes verdosos con camuflaje desértico, chalecos reflectantes color naranja, anteojos oscuros y protectores de oídos.
Subí por una escalerita y me instalé en la parte de atrás de la cabina. El asistente me puso un cinturón de ocho puntas y el piloto me indicaba para qué servían un montón de cosas. "Puedes afirmarte de donde quieras, pero esto no lo toques por ningún motivo", me advirtió, señalándome una especie de asa de lona como de salvavidas viejo que se ubicaba entre las piernas. Era el 'eyector'.
Para mayor convencimiento me contaron la historia de un mecánico que una vez logró ir de acompañante a un ejercicio de combate, y que por aferrarse a esa cosa salió disparado y tuvo que ser rescatado varias horas después y bastante magullado desde el medio del desierto, tras caer no suavemente, con asiento y todo, con un paracaídas de emergencia.
Recuerdo que también me amarraron las botas -que para variar me quedaban gigantes- al sistema de eyección, simplemente para que, en caso de emergencia, mis piernas se desplazaran de un sólo tirón hacia atrás y no fueran mutiladas por el tablero al momento de salir volando. "ok -pensé-, es seguridad".
Luego me conectaron el traje 'anti G', el aire de la mascarilla, y me pusieron el casco. Ahí comencé a mantener un diálogo abierto con el piloto que estaba sentado un metro y medio adelante y a quien con suerte apenas le podía divisar parte del casco. Se cerró la cabina, se encendió el motor y el Mirage comenzó a carretear por la pista. "Ya nada que hacer", me dije, aunque la incertidumbre de lo que pasaría dos minutos después seguía siendo eso, incertidumbre pura.
Era como andar arriba de un bus, hasta que llegamos al cabezal. Ahí el avión giró y se ubicó frente a una pista perfectamente solitaria. yo no podía verla 100 por ciento de frente, pero tenía una pantalla verdosa al lado inferior derecho con algunas rayas, como los simuladores de vuelo de computadores que incluía una imagen de TV de lo que había adelante.
"Siempre, antes de partir, se aplica full potencia para chequear que todo está bien y luego se acelera", me explicó por el interno el capitán, al tiempo que el caza comenzaba a estremecerse y a vibrar enérgicamente por la potencia in crescendo de la estruendosa turbina en la que literalmente estábamos montados. Daba la sensación que el avión se levantaba un poco por la cola, como cuando el auto está con el freno de mano a full y se le dan algunas aceleradas.
De pronto, y luego de un momento de breve quietud, fue como que le quitara 'la pata al freno' y el aparato comenzó a desplazarse a toda velocidad. Era mi prueba de fuego, ¿me vendría el susto y le pediría que por favor me bajara?, ¿usaría de inmediato la bolsita que me habían puesto a un lado por si me daban ganas de vomitar?. Faltó tiempo para tanta interrogante, porque en un dos por tres el Mirage estaba en el aire, inclinado hacia el cielo, y sin darme cuenta, ya sobre el mar azul con la urbe antofagastina pasando por mi lado izquierdo.
Se pasaron los miedos, porque un fierro volador como ese no se altera con el viento, como a simple vista se aprecia que les ocurre a las avionetas que pasean en medio de la fuerte brisa en un día playero cualquiera, sino que en este caso se desplazaba -contradictoriamente- de manera muy pacífica.
Y comenzó el paseo. El aparato dio un giro y ya estábamos muy cerca de la Portada de Antofagasta, que yo conocía sólo por fotos y que aunque sobrevolé muy de cerca, todavía recuerdo como sacada de una enciclopedia, como si no hubiese sido yo el que iba allá arriba.
De pronto, mientras seguíamos dando un amplio viraje a la derecha, el piloto me dijo que tomara la palanca de mando, la que moví hacia un lado como si fuera un joystick. El estómago debe haber chocado contra mis costillas, porque la verdad es que era extremádamente sensible. "Yo lo tengo" dijo luego el capitán y retomó el control, al tiempo que comenzábamos a desplazarnos hacia el norte.
Fue ahí cuando aprendí a distinguir desde la altura la 'oreja de Chile', que es donde se ubica el puerto de Mejillones y que le sirve a quienes viajan con frecuencia al norte para darse cuenta más o menos cuanto les falta para llegar a Iquique o Arica. El piloto me explicaba que abajo, un poco más allá, había una playa que era bastante buena y que estaba de moda por esos días, además de una serie de detalles dignos de Turistel.
Giramos entonces hacia el este y nos internamos en el desierto. Íbamos bastante alto y se me indicó que aumentaríamos la velocidad. "¡Felicidades!, estás volando a 1,04 mach", me dijo minutos después el aviador, y constaté que era el número que aparecía en uno de los extremos de la pantalla y que equivalía a superar la barrera del sonido a una velocidad de casi 1.300 kilómetros por hora.
Yo miraba los cerros rojizos y grises del desierto y de pronto perdí la noción del movimiento. El avión estaba como suspendido en el aire, casi flotando y abajo nada se movía... pero era imposible que un pedazo de fierro con dos alas triangulares se mantuviera suspendido como diminuto ácaro juguetón buscando la nariz de un tipo alérgico una tarde de primavera.
Pronto comprendí que se trataba sólo del efecto de la inercia, ya que si bien habíamos llegado a 1,04 mach, bajamos violentamente a unos 600 kilómetros por hora sin que yo me enterara... menos mal, me había liberado del eyector.
"Ahora vamos a hacer algunas maniobras" dijo 'Destructor', y me adelantó que íbamos a clavarnos arriba. El Elkan dio de pronto un giro de 90 grados hacia el cielo y comenzó a subir perpendicularmente. Era la famosa fuerza G, cuando la gravedad de la tierra se multiplica y todo pesa más. Iba literalmente pegado al respaldo, con la sensación de tomarse la presión pero en todo el cuerpo, y apenas podía levantar el brazo.
"¿Vas muy apretado?", me preguntó el piloto como si nada y mi ahogada respuesta "¡más o menos!" debe haber sido suficiente como para suavizar la trayectoria y modificar la maniobra, dando un par de giros que nos dejaron volando de cabeza por varios segundos. La verdad es que no era muy distinta la sensación de volar así o de manera normal y por eso abrí bien los ojos para recordar bien ese momento, aunque la maldita memoria igual me hace recrear todo eso como si estuviese viendo un video de mí mismo.
"Ahora vamos a volar como en los entrenamientos que hacemos regularmente", señaló el capitán, diciéndome que mirara en la pantalla una especie de cruz, bastante más rudimentaria que la que aparece en los juegos de video y que era la mira para señalar blancos en tierra para ser bombardeados.
Entonces, bajó la altura -que no es lo mismo que la altitud- y empezó a internarse en medio de los cerros. Eso fue más emocionante, ya que a pesar que íbamos con suerte a la mitad de la velocidad que habíamos alcanzado más arriba, tener como punto de referencia montañas que pasaban raudamente por ambos costados y un piloto que debía esta vez maniobrar en medio de éstas, obviamente aumentaba mucho más la adrenalina.
Y casi sin darme cuenta, habíamos desembocado por una especie de quebrada nuevamente sobre el mar, llegando el momento de volver a la base y proceder con el aterrizaje, que se efectuó sin inconvenientes, aunque con una frenada brusca ayudada por un paracaídas trasero que nunca vi.
El Mirage Elkan biplaza volvió a carretear, esta vez hacia el punto donde estaban mis colegas y varios camarógrafos que no sé para qué grabaron la llegada si ni siquiera ofrecieron la cinta como recuerdo, y menos la iban a pasar en el noticiario.
Cuando se abrió la cabina (creo que algunos le dicen también carlinga) tomé conciencia que los pilotos son realmente tipos vanidosos, hasta sobrados diría, ya que el capitán se me acercó y me dijo: "bájate con el casco puesto y te lo sacas abajo, se ve mejor". Yo obedecí, total...
Y ahí estaban todos, y mis amigos -para variar- los más apostilladores, porque se encargaron de hacer notar que me había bajado blanco, y que casi estaba listo para subir a una ambulancia.
Vino más tarde una merecida Coca Cola bien helada -ver post anterior- en una especie de casino, aún disfrazado de piloto junto a mi colega del F-5, en compañía del entonces comandante en jefe y su jefe de Estado Mayor, quienes bastante risueños preguntaban cómo nos había ído. Y 'Destructor' partió diciendo que casi había sido sólo un "turis Fach", aunque al menos reconoció que habíamos hecho una maniobra con 'G' no sé qué número (dos o tres, no me acuerdo), luego una vuelta que tampoco recuerdo, para terminar en otra figura que, para ser honesto menos me acuerdo, pero que debe haber sido eso de volar de manera invertida.
La tarde siguió avanzando y las noticias también. el Tanquero Aguila, que era el 707 que traía a Pinochet, había aterrizado en una isla indetermimada y proseguía su viaje sin inconvenientes hacia Chile, esperándose su arribo para el día siguiente. Era un buen despacho para la agencia de noticias, sedienta de cualquier información al respecto.
Creo que nadie recuerda ese aniversario de la FACh del año 2000, aunque sí lo que sucedió al día siguiente, cuando un Pinochet que se suponía casi agónico, apareció en una silla de ruedas en el aeropuerto de Pudahuel, y como bien describió el titular del diario La Cuarta la mañana siguiente, "se levantó y anduvo".
Yo en cambio me acordé esta semana de todo ese episodio, cuando leí en un comunicado que la FACh daba definitivamente de baja todos sus Mirage M-5 Elkan del grupo de Aviación número 8 para reemplazarlos por los F-16 adquiridos a EEUU y a Holanda. Quien lo diría, el propio 'destructor', convertido hoy en el comandante de la unidad, fue el encargado del discurso de despedida en el que destacó que este avión cumplió más de 14.000 horas de vuelo, "superando con creces las expectativas depositadas en él”.
Y a mí, curioso también, me tocó estar en una sala de redacción para informar -basándome en ese mismo comunicado- el anuncio de la salida oficial de las naves, noticia que por cierto, pasó sin pena ni gloria, como aquel aniversario rimbombante en que, a pito de nada, me tocó volar de cabeza.
Y quien mejor que el comandante en jefe de la institución, ese día nuestro anfitrión, para entregar detalles sabrosos de aquel viaje misterioso que tenía intrigado a todo Chile y al mundo entero, sobre todo por su permanente contacto con el piloto encargado de tal travesía.
El propio "CJ" era el que piloteaba esa mañana el ruidoso Hércules C-130 con destino a Antofagasta. Era un espectáculo raro: Un avión de carga con asientos de aerolínea común y silvestre e incluso con azafatas repartiendo dulces.
Llegó entonces el momento del sorteo. Cada uno de los periodistas que íbamos ahí llenamos un papelito con nuestro nombre y lo metímos a una bolsa transparente, como aquellas que usan las señoras de la feria para envasar el repollo recién picado. Había otra bolsa igual para las mujeres del grupo.
Bastó sólo un minuto y el asesor de prensa de la Fach se acercó y me dijo: Saliste sorteado y vas a volar en un Mirage Elkan. Me acuerdo que a la colega de una radio le tocó el mismo 'premio', pero en un F-5.
Admito que me dio miedo. No tanto por volar -ya iba volando de hecho-, sino porque quizás iba a tener pánico escénico y podía protagonizar un indigno espectáculo. Es que hasta algunos juegos de Fantasilandia me producían y me siguen causando bastante vértigo.
Y aunque mi 'sustituto' en caso de no sentirme capaz de subirme a esa turbina con alas estaba ya elegido, mi orgullo me decía que no podía tampoco ser tan cobarde de desistir simplemente porque, quizás, iba a tener una vergonzosa reacción de "no gracias, me voy". El resultado: dolor de guata los 45 minutos que faltaban para llegar a la base de Cerro Moreno.
Llegamos y a los dos "elegidos" nos aislaron de inmediato. Carmen Gloria -así se llamaba ella- partió al Grupo de Aviación número 7 y yo me fui al Grupo 8 con un par de oficiales.
El tiempo estaba calculado de manera precisa y había que actuar con celeridad. Ingresé a una especie de camarín y me pasaron un traje de piloto. El único problema es que los aviadores de verdad son grandotes y se veían bien; yo en cambio, más bajo que ellos, figuraba gracias a ese mameluco azul con un par de piernas que, con suerte, medían 20 centímetros; en cambio, exhibía un tronco amorfamente gigante.
Me salvó luego una especie de faja que va entre las piernas y que se amarra a la cintura, lo que me hizo recobrar a ojos de todos mis extremidades inferiores y la confianza de no hacer el ridículo.
Luego vino la elección del casco. No todos eran iguales y de hecho estaban hechos para distintas cabezas. Tenían los nombres de combate de sus dueños, algunos bastante divertidos y generalmente alusivos a la violencia o a los comics. Creo que finalmente me quedó el de 'Varitek' que emulaba las naves de la serie Robotech que daba Canal 13 por las tardes.
El piloto a cargo del biplaza al que me iba a subir era un capitán cuyo nombre de combate era 'destructor'. Él me iba explicando una serie de indicaciones mientras caminábamos hacia la losa de la base aérea. Era un día radiante, cerca de las 11:00 de la mañana, y ahí estaba el avión, siendo preparado por un par de operarios con trajes verdosos con camuflaje desértico, chalecos reflectantes color naranja, anteojos oscuros y protectores de oídos.
Subí por una escalerita y me instalé en la parte de atrás de la cabina. El asistente me puso un cinturón de ocho puntas y el piloto me indicaba para qué servían un montón de cosas. "Puedes afirmarte de donde quieras, pero esto no lo toques por ningún motivo", me advirtió, señalándome una especie de asa de lona como de salvavidas viejo que se ubicaba entre las piernas. Era el 'eyector'.
Para mayor convencimiento me contaron la historia de un mecánico que una vez logró ir de acompañante a un ejercicio de combate, y que por aferrarse a esa cosa salió disparado y tuvo que ser rescatado varias horas después y bastante magullado desde el medio del desierto, tras caer no suavemente, con asiento y todo, con un paracaídas de emergencia.
Recuerdo que también me amarraron las botas -que para variar me quedaban gigantes- al sistema de eyección, simplemente para que, en caso de emergencia, mis piernas se desplazaran de un sólo tirón hacia atrás y no fueran mutiladas por el tablero al momento de salir volando. "ok -pensé-, es seguridad".
Luego me conectaron el traje 'anti G', el aire de la mascarilla, y me pusieron el casco. Ahí comencé a mantener un diálogo abierto con el piloto que estaba sentado un metro y medio adelante y a quien con suerte apenas le podía divisar parte del casco. Se cerró la cabina, se encendió el motor y el Mirage comenzó a carretear por la pista. "Ya nada que hacer", me dije, aunque la incertidumbre de lo que pasaría dos minutos después seguía siendo eso, incertidumbre pura.
Era como andar arriba de un bus, hasta que llegamos al cabezal. Ahí el avión giró y se ubicó frente a una pista perfectamente solitaria. yo no podía verla 100 por ciento de frente, pero tenía una pantalla verdosa al lado inferior derecho con algunas rayas, como los simuladores de vuelo de computadores que incluía una imagen de TV de lo que había adelante.
"Siempre, antes de partir, se aplica full potencia para chequear que todo está bien y luego se acelera", me explicó por el interno el capitán, al tiempo que el caza comenzaba a estremecerse y a vibrar enérgicamente por la potencia in crescendo de la estruendosa turbina en la que literalmente estábamos montados. Daba la sensación que el avión se levantaba un poco por la cola, como cuando el auto está con el freno de mano a full y se le dan algunas aceleradas.
De pronto, y luego de un momento de breve quietud, fue como que le quitara 'la pata al freno' y el aparato comenzó a desplazarse a toda velocidad. Era mi prueba de fuego, ¿me vendría el susto y le pediría que por favor me bajara?, ¿usaría de inmediato la bolsita que me habían puesto a un lado por si me daban ganas de vomitar?. Faltó tiempo para tanta interrogante, porque en un dos por tres el Mirage estaba en el aire, inclinado hacia el cielo, y sin darme cuenta, ya sobre el mar azul con la urbe antofagastina pasando por mi lado izquierdo.
Se pasaron los miedos, porque un fierro volador como ese no se altera con el viento, como a simple vista se aprecia que les ocurre a las avionetas que pasean en medio de la fuerte brisa en un día playero cualquiera, sino que en este caso se desplazaba -contradictoriamente- de manera muy pacífica.
Y comenzó el paseo. El aparato dio un giro y ya estábamos muy cerca de la Portada de Antofagasta, que yo conocía sólo por fotos y que aunque sobrevolé muy de cerca, todavía recuerdo como sacada de una enciclopedia, como si no hubiese sido yo el que iba allá arriba.
De pronto, mientras seguíamos dando un amplio viraje a la derecha, el piloto me dijo que tomara la palanca de mando, la que moví hacia un lado como si fuera un joystick. El estómago debe haber chocado contra mis costillas, porque la verdad es que era extremádamente sensible. "Yo lo tengo" dijo luego el capitán y retomó el control, al tiempo que comenzábamos a desplazarnos hacia el norte.
Fue ahí cuando aprendí a distinguir desde la altura la 'oreja de Chile', que es donde se ubica el puerto de Mejillones y que le sirve a quienes viajan con frecuencia al norte para darse cuenta más o menos cuanto les falta para llegar a Iquique o Arica. El piloto me explicaba que abajo, un poco más allá, había una playa que era bastante buena y que estaba de moda por esos días, además de una serie de detalles dignos de Turistel.
Giramos entonces hacia el este y nos internamos en el desierto. Íbamos bastante alto y se me indicó que aumentaríamos la velocidad. "¡Felicidades!, estás volando a 1,04 mach", me dijo minutos después el aviador, y constaté que era el número que aparecía en uno de los extremos de la pantalla y que equivalía a superar la barrera del sonido a una velocidad de casi 1.300 kilómetros por hora.
Yo miraba los cerros rojizos y grises del desierto y de pronto perdí la noción del movimiento. El avión estaba como suspendido en el aire, casi flotando y abajo nada se movía... pero era imposible que un pedazo de fierro con dos alas triangulares se mantuviera suspendido como diminuto ácaro juguetón buscando la nariz de un tipo alérgico una tarde de primavera.
Pronto comprendí que se trataba sólo del efecto de la inercia, ya que si bien habíamos llegado a 1,04 mach, bajamos violentamente a unos 600 kilómetros por hora sin que yo me enterara... menos mal, me había liberado del eyector.
"Ahora vamos a hacer algunas maniobras" dijo 'Destructor', y me adelantó que íbamos a clavarnos arriba. El Elkan dio de pronto un giro de 90 grados hacia el cielo y comenzó a subir perpendicularmente. Era la famosa fuerza G, cuando la gravedad de la tierra se multiplica y todo pesa más. Iba literalmente pegado al respaldo, con la sensación de tomarse la presión pero en todo el cuerpo, y apenas podía levantar el brazo.
"¿Vas muy apretado?", me preguntó el piloto como si nada y mi ahogada respuesta "¡más o menos!" debe haber sido suficiente como para suavizar la trayectoria y modificar la maniobra, dando un par de giros que nos dejaron volando de cabeza por varios segundos. La verdad es que no era muy distinta la sensación de volar así o de manera normal y por eso abrí bien los ojos para recordar bien ese momento, aunque la maldita memoria igual me hace recrear todo eso como si estuviese viendo un video de mí mismo.
"Ahora vamos a volar como en los entrenamientos que hacemos regularmente", señaló el capitán, diciéndome que mirara en la pantalla una especie de cruz, bastante más rudimentaria que la que aparece en los juegos de video y que era la mira para señalar blancos en tierra para ser bombardeados.
Entonces, bajó la altura -que no es lo mismo que la altitud- y empezó a internarse en medio de los cerros. Eso fue más emocionante, ya que a pesar que íbamos con suerte a la mitad de la velocidad que habíamos alcanzado más arriba, tener como punto de referencia montañas que pasaban raudamente por ambos costados y un piloto que debía esta vez maniobrar en medio de éstas, obviamente aumentaba mucho más la adrenalina.
Y casi sin darme cuenta, habíamos desembocado por una especie de quebrada nuevamente sobre el mar, llegando el momento de volver a la base y proceder con el aterrizaje, que se efectuó sin inconvenientes, aunque con una frenada brusca ayudada por un paracaídas trasero que nunca vi.
El Mirage Elkan biplaza volvió a carretear, esta vez hacia el punto donde estaban mis colegas y varios camarógrafos que no sé para qué grabaron la llegada si ni siquiera ofrecieron la cinta como recuerdo, y menos la iban a pasar en el noticiario.
Cuando se abrió la cabina (creo que algunos le dicen también carlinga) tomé conciencia que los pilotos son realmente tipos vanidosos, hasta sobrados diría, ya que el capitán se me acercó y me dijo: "bájate con el casco puesto y te lo sacas abajo, se ve mejor". Yo obedecí, total...
Y ahí estaban todos, y mis amigos -para variar- los más apostilladores, porque se encargaron de hacer notar que me había bajado blanco, y que casi estaba listo para subir a una ambulancia.
Vino más tarde una merecida Coca Cola bien helada -ver post anterior- en una especie de casino, aún disfrazado de piloto junto a mi colega del F-5, en compañía del entonces comandante en jefe y su jefe de Estado Mayor, quienes bastante risueños preguntaban cómo nos había ído. Y 'Destructor' partió diciendo que casi había sido sólo un "turis Fach", aunque al menos reconoció que habíamos hecho una maniobra con 'G' no sé qué número (dos o tres, no me acuerdo), luego una vuelta que tampoco recuerdo, para terminar en otra figura que, para ser honesto menos me acuerdo, pero que debe haber sido eso de volar de manera invertida.
La tarde siguió avanzando y las noticias también. el Tanquero Aguila, que era el 707 que traía a Pinochet, había aterrizado en una isla indetermimada y proseguía su viaje sin inconvenientes hacia Chile, esperándose su arribo para el día siguiente. Era un buen despacho para la agencia de noticias, sedienta de cualquier información al respecto.
Creo que nadie recuerda ese aniversario de la FACh del año 2000, aunque sí lo que sucedió al día siguiente, cuando un Pinochet que se suponía casi agónico, apareció en una silla de ruedas en el aeropuerto de Pudahuel, y como bien describió el titular del diario La Cuarta la mañana siguiente, "se levantó y anduvo".
Yo en cambio me acordé esta semana de todo ese episodio, cuando leí en un comunicado que la FACh daba definitivamente de baja todos sus Mirage M-5 Elkan del grupo de Aviación número 8 para reemplazarlos por los F-16 adquiridos a EEUU y a Holanda. Quien lo diría, el propio 'destructor', convertido hoy en el comandante de la unidad, fue el encargado del discurso de despedida en el que destacó que este avión cumplió más de 14.000 horas de vuelo, "superando con creces las expectativas depositadas en él”.
Y a mí, curioso también, me tocó estar en una sala de redacción para informar -basándome en ese mismo comunicado- el anuncio de la salida oficial de las naves, noticia que por cierto, pasó sin pena ni gloria, como aquel aniversario rimbombante en que, a pito de nada, me tocó volar de cabeza.
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