14 may 2008

No, gracias

"No, gracias", le dije y seguí caminando como si nada, pero me siguió, hasta acá mismo, hasta la puerta de mi casa y volvía a insistir mientras yo sacaba la llave para abrir.

Me vi en la obligación de repetir mi frase, pero con mayor énfasis y mirando fíjamente sus ojos, casi de modo desafiante: "no, gracias".

¿Tara mental?, ¿desconexión con el mundo?, no sabría definirlo, porque de verdad esa tuzudez escapaba a todo intento racional por dejar hasta ahí no más el asunto.

Debí recurrir entonces a lo irracional y a prestarle un poco de atención. Entonces escuché atento y sin interrupciones todo su discurso, y pude ver el alivio que este personaje sentía, no de hablar conmigo, sino que por cumplir una especie de misión.

Y me preguntó entonces si creía, y le dije que sí, que creía en Jehova, y que al mismo tiempo le temía, porque la verdad es que había dedicado mi vida al culto de Satanás, el ángel rebelde, y a los argumentos de éste para reclamar, como fuera, los derechos que su severo padre le había negado eternamente...y justifiqué los males del mundo como una opción guerrillera en una especie de panorama político celestial.

"Es más, creo que he llegado a comunicarme con Satanás en una especie de altar que construí en el living de la casa. Si gustas entras y te muestro..", le dije con una normalidad que contrastaba con sus ojos de huevo frito y con un seco "no, gracias" que me dio como respuesta.

Y sólo Dios sabe cuanto alivio me produjo ver cómo se alejaba a paso acelerado y desaparecía en la esquina para siempre de mi vista.

15 feb 2008

Cascarón

En la secta bajo cuyas enseñanzas crecí, los tipos que habían sido “malos” en la vida no se iban al infierno a mirarle los cachos y las patitas de chancho al “mandinga”, ni a vivir bacanales orgías mezcladas con risibles hechos de sangre.
Todo lo contrario, a los malandrines –decían esas enseñanzas sin libro de por medio- los encerraban en cascarones negros.

Ni contacto con el exterior ni nada, simplemente los mandaban a los cascarones estrechos y oscuros, cual genio esperando toda una eternindad su oportunidad de salir para convertirse en suche de algún depravado frotador de botellas.
El tipo del cascarón, en cambio, está sumido en la oscuridad, en el silencio, en una calma fría y angustiante, solamente pensando.

Pensando en lo que sea, quizás, tratando de recordar la luz para no olvidarla, recreando episodios de libertad… en resumen, lo que haría un muerto si pudiera pensar, pero estando perfectamente consciente, en ese supuesto estado espiritual que sustenta la religiosidad.

El instinto ovíparo, aunque somos mamíferos, nos dice que quizás ese cascarón debe romperse y que entonces se volvería a vivir, una especie de “renacer”. Pero algo así suena como una triste esperanza de cuento feliz. No, el maldito del cascarón pensará y se quedará ahí para siempre, en la soledad absoluta dentro de su compacto recipiente, el que seguramente, y de manera paradójica, tal vez fue pensado para estar junto a otros cientos, miles, millones, pegados unos a otros…

Una masa de cascarones pensantes e independientes, de tipos malos o que lo fueron al menos, todos muy solos pero unidos, generando en una de esas una vibración general, un mensaje único que quizás logre ser captado sutil e inconscientemente por los vivos, así como las buenas intenciones divinas, traducible, en este caso, a tres simples palabras: “sáquenme de aquí”.

10 jul 2007

Le caí bien al tal Rebeco

No dejó de hacer la maldita mueca, y se retorcía sin sacarme los ojos de encima a sabiendas que me iba a quedar mirando hasta donde me durara la puta paciencia.
Y seguía, y dale, y que otra vez, y versión con la lengua afuera, y simulando ojos cerrados, y cada vez que lo hacía se carcajeaba, y yo ahí sentado, con cara de nada, sonriendo a veces, sobre todo cuando su madre me miraba y me decía, “¿es hincha pelotas mi hijo ah?”, y yo respondía que no – hipócrita como siempre en estos casos- y para aportar algo agregaba que “así son los niños”, y lo miraba y ya estaba de nuevo echándose papas fritas por montones hasta formar dos globos enormes con los pómulos hasta que me observaba fijamente otra vez y luego empezaba a carcajearse desde muy adentro, hasta casi ponerse morado, y sin darme tiempo de reaccionar emitía una risotada tipo volcán y me caía una lluvia de papas fritas molidas algo baboseadas en la cara.

“¡Rebeco, córtala!”, le decía ella al monstruo cachorro ese de nombre indefinido… es que nadie puede llamarse “Rebeco”… pero él sabía que yo estaba en desigualdad de condiciones, porque mi novia demoraba horas en el baño…
Yo la imaginaba mirándose en el espejo, y ella, ¿me imaginaría acaso jugando con Rebeco?.

Lo dudo, porque hubo tiempo suficiente para que de las muecas pasara a los juguetes mientras su madre extendía su verborrea con otras amistades que estaban pendientes de todo y de nada al mismo tiempo, y a Rebeco parece que finalmente le caí bien, porque trajo junto a mí uno a uno todos sus juguetes… el problema es que cualquiera que me interesara me lo quitaba, entonces, ¿para qué me los traía el mocoso de mierda mañoso, si me los iba a arrebatar?.

Eso estaba pensando cuando me pasó un muñeco de goma de no sé qué serie gringa, y un minuto después me lo quitó de un tirón tan fuerte que me pilló desprevenido y claro, cuando lo solté el pequeño demonio perdió el equilibrio y pasó de la algarabía descontrolada al llanto desproporcionado tras caer de poto apoyándose a duras penas con las manos.

Y mi novia no volvía del baño y el papá de Rebeco, que siempre me había hablado poco y ya estaba un poco pasado de copas, parece que sacó personalidad, y de la peor, confirmando todos los prejuicios en su contra, y empezó a encararme con gesto facial de pescado que por qué había maltratado “al niño”, y la madre de éste, su pareja también, le inisitía en que Rebeco no cayó tan fuerte, pero eso más indignaba a Rebeco grande, que olía como la gran mierda –hay que decirlo- porque me mareaba con su tufada trasnochada y yo parece que tratando de calmarlo más lo sacaba de quicio, lo cual no era novedad, porque de verdad, parece que tengo esa capacidad de descontrolar sin hacer demasiado.

En eso estaba cuando mi novia salió finalmente del baño para salvar la situación, pero lejos de calmarse, al observar el cuadro se puso colorada y empezó a insultar y a recordar hasta la maternidad más entrañable de Rebecote padre, quien sólo de bien educado –de lo mal educado que era- no arremetió contra ella. “Menos mal”, pensé cuando iba cayendo luego de recibir de parte de él un gran combo que me dejó grogui, porque si la hubiese tocado a ella, la historia “habría tenido otro desenlace”.

Y mientras Rebeco lloraba con cierto placer, mi novia de no sé donde –es lo que recuerdo en medio de imágenes borrosas- sacó un repertorio de insultos y las emprendió contra mi “victimario” con un cenicero de cobre, que lo dejó Grogui también, y la mamá de Rebeco se metió al baile y le llegó en el rostro un platazo de loza que además de expandir ramitas en todo el lugar y de desatar los gritos histéricos pero inútiles de las contertulias, le gatilló una hemorragia nasal de esas que ya se ven poco y que en épocas remotas se solucionaba sacando el infaltable pañuelo de género y haciendo que el o la afectada miraran bastante rato hacia el cielo.

Al ver todo este episodio, intenté ponerme de pie, pero me caí, y al segundo intento también, mientras mi novia improvisaba el truco del pañuelo con toalla Nova, con la ayuda de las atónitas y poco diligentes demás invitadas. Y Rebeco, con los ojos aún brillantes, dejaba de llorar, me miraba, y se reía, casi sin importarle que su padre siguiera ahí tirado, pero por la resaca más que nada, porque deben haber pasado eternos dos minutos y el hombre roncaba sobre la alfombra… y Rebeco tras mi tercer intento volvía a carcajearse… parece que sí, efectivamente, yo le caía muy bien.

25 jun 2007

Insultos lejos de las sombras

Soñé hace muy poco que iba a buscarte y no solamente no estabas, sino que te habían llevado a otro lugar. Como se trataba de un sueño, no tardé en llegar allí y entré a una especie de casa antigua muy amplia y de pasillos anchos y lúgubres, donde la penumbra lo invadía todo.

En cada habitación oscura habían tres camas muy distantes unas de otras sólo con sábanas blancas que cubrían completamente a personas que murmuraban pero que no asomaban ni siquiera por curiosidad la punta de la nariz para ver quien era el extraño.

Miré tres cuartos y en cada uno de ellos se repetía lo mismo. Y no era necesario indagar en cada una de las camas para saber que tú no estabas ahí.

Desperté más tarde con la confusión a cuestas, pero con el inexplicable alivio de saber que no debía buscarte en las sombras. Por eso fue, y no por otra cosa, que te llamé de madrugada... y debo admitir que fueron los insultos más tranquilizadores y esperanzadores que he recibido en toda mi vida.

30 may 2007

Mi párrafo para el Transantiago

Y cuando vi a toda esa gente apretujada, con cara de resignación y pena, quise pensar en la humillación colectiva de la que éramos objeto, en la poca visión de las autoridades para encontrar una solución a todo el asunto aquel ya tan manoseado por todos, política y literalmente, y en la triste circunstancia del que estaba obligado sin querer a tener que ser parte de todo esto, lo que a todas luces era absolutamente analizable de no ser porque la señora rellenita del asiento que estaba pegado a mis rodillas quiso ponerse de pie porque en la puerta venía apareciendo una joven con un niño en brazos y para más remate –sí, para más remate- traía consigo un embarazo de esos que si la micro frenaba, podríamos haber quedado todos embadurnados con placenta fresca, lo cual sin embargo y gracias a Dios –o a lo que debe quedar de él- no sucedió y continuamos el viaje con un chofer que gritaba con voz de payaso callejero “señora avance para atrás” y podíamos oír la respuesta de la mujer que decía con un tono suave pero retumbante que no se podía avanzar más, y la réplica del conductor que insistía en que “si avanzan los del medio cabe más gente”, y todo porque tenía que detenerse una cuadra más allá para hacer subir –no sé como- a un tropel de gente que le reclamaba que llevaba una hora esperando, recibiendo como contestación un “mentira señora”, mientras que un señor respetable también le reclamaba que ningún bus paraba, obteiendo como respuesta un tajante “yo sí paro”, como si a la gente le importara que este tipo, sí, justo este, el de la micro más desprovista, fuera el mejor ejemplo de eficiencia ciudadana, posiblemente para quedar bien con la embarazada, cuya barriga me estaba comenzando a presionar, para que ella pudiera disfrutar de la buena voluntad de los amables pero dormidos pasajeros con asiento que a esa hora se dirigían, como todos los días, al sur de la ciudad luego de una extenuante jornada de trabajo reflejada –por desgracia- en ese aroma tan propio de las axilas humanas, que me tenían ya al borde del colapso y con la misión complicada de tener que bajar en unas pocas cuadras más allá, debiendo sortear la mujer encinta, la señora que se puso de pie, el hombre del traje café, la estudiante universitaria, el tipo de corbata, las escolares de cabello de colores, el niño comiendo maní, los nuevos pasajeros que pasaban su tarjeta Bip haciendo el ruido desinflado de de corneta de cumpleaños, y tantas otras cosas que me gustaría comentar pero no puedo porque me tengo que bajar.

23 may 2007

Me vi mirándome

Era yo mismo buscándome desesperado yendo de un lado a otro en el andén. Entre medio del tumulto me quedé quieto y cubrí mi rostro con la bufanda, porque definitivamente no debía encontrarme. Para qué ahora, tan tarde, tan sin sentido.

El tren se oía venir y sentí mi propia desesperación en ese ser ya visiblemente agotado que luchaba inútilmente por hallarme. Me dieron ganas, lo admito, de levantar los brazos y facilitarle las cosas, de permitirle conseguir lo que buscaba, de dejarlo descansar, porque su cansancio también era el mío... pero era una búsqueda inútil, un despropósito absoluto, porque ese yo no tenía derecho a hacerme cambiar de parecer, a hacerme razonar, a modificar lo que ya no había cambiado.

Y entré al carro, a empujones, y quedé presionado contra la puerta que da hacia la vía, casi sin poder moverme, pegado a la ventana. Fue entonces cuando me vi mirándome con el desconsuelo más profundo por el tiempo que no se recupera, con una mirada oscura que me señalaba claramente que no habría otra oportunidad, que todo no sólo había sido inútil, sino que al mismo tiempo doloroso e irreversiblemente perjudicial.

El tren comenzó su marcha y yo, no yo mismo sino que mi perseguidor, me quedé parado estático, como no queriendo resignarme a mi fatal suerte de quedarme rezagado, esperando algo para siempre en esta estación convulsionada; yo en cambio, el fugitivo de mí mismo, había logrado sacarme por fin el peso enorme de no atreverme a subir de una vez al carro y aventurarme hacia la próxima estación.

No olvidaré nunca la mueca de ahogo de mi propia cara pegada a ese vidrio, que desapareció para siempre en ese convoy que se sumergió raudo en medio de la oscuridad.

6 feb 2007

Zona de curvas

Escribí un cuento completo sobre la amputación de mi propia mano por raras circunstancias, una mano que después cobraba venganza y aparecía dando golpecitos en la ventana. Pero quedó una historia tan aburrida que la suprimí sin asco ni cargo de conciencia. Tiempo y párrafos tirados a la basura.

Me enfrasqué entonces en la historia de un tipo que no tenía destino, que vivía como planta y que comía solamente en el Mc Donald's. Que vida miserable, también borré aquello, aunque era una historia de aquellas odiables, con final feliz y todo.

Y me quedé luego pensando en la maldita inmortalidad del cangrejo, pero más que en eso, en el origen de una estupidez tan ridícula como que un cangrejo puede ser inmortal; y me atacó al mismo tiempo la angustia de mi propia ignorancia, de haber dejado pasar tres décadas y media sin saber qué quisieron decir con eso que los cangrejos no mueren nunca.

La mente me quedó entonces en blanco, y sólo tuve espacio neuronal para constatar aquello que alguna vez hablamos, que la felicidad es un pésimo estado de ánimo para que los dedos corran sin detenerse sobre el teclado.

Pero no me voy a preocupar tanto del asunto, porque bien sé que estar feliz es como conducir a 130 kilómetros por hora en una zona de curvas pronunciadas, con una ancha sonrisa, la música sonando muy fuerte, y rodeado de acantilados profundos.

Y no sabes cómo disfruto no caerme del camino...