4 dic 2006

La felicidad, a veces...


Yo repetía bastante seguido que la felicidad, a veces, podía ser una Coca-Cola bien helada. Con esto me puedo ganar, sin derecho a pataleo, el odio de quienes ven en esta marca los tentáculos del imperialismo, del sistema neoliberal, y el de quienes se declaran abiertamente detractores de Yanquilandia.

Tampoco quiero hacer aquí un acto publicitario, sobre todo porque no tengo intención alguna de contribuir con los oscuros fines corporativos de los ejecutivos de la gaseosa en Chile (y si alguien quiere discutir cuales son esos “oscuros” fines, que sólo baste con ver el color del producto, y nos evitamos suspicacias).

El asunto es que esa Coca Cola bien helada la recuerdo en una botella semi verdosa después de una jornada de paleteo playero bajo un sol intenso; en una lata semicongelada tras caminar varios kilómetros sobre una tierra que parece harina (trumao) al interior de Parral; o luego de regresar pedaleando en estado de estropajo hasta un camping en el lago Conguillio, tras haber alcanzado a duras penas el sector de “Sierra Nevada”.

Y claro, en esos episodios puntuales, el poco cristalino líquido con espuma café se convertía, al menos en un mínimo instante, en un episodio feliz, idiotamente feliz, pero feliz al fin y al cabo.

Es que la felicidad puede ser por cualquier cosa, por situaciones de intensidad extrema, por ejercicios de no casual densidad neuronal o hasta por la más sencilla estupidez.

La tristeza en cambio, pareciera ser más de fondo. Y si te sientes triste por cualquier cosa, será mejor que vayas al médico.

* Haz click sobre la imagen para verla ampliada. Fue escaneada del libro "Historia de los Campeonatos Mundiales de Fútbol", de Renato González, alias "Mr. Huifa" antes de la realización del Mundial de Chile el año 1962.

3 dic 2006

La luz verde

Vimos una estrella fugaz verde que caía en forma perfectamente perpendicular una noche de primavera. Pero la emoción terminó de inmediato cuando ella, que para mí encarnaba toda la magia, se empecinó en creer que se trataba sólo de una bengala.

Por eso no hubo deseos a consecuencia del meteoro, cuya existencia se atribuyó sólo a la supuesta travesura ilegal de un tipo cualquiera, que con una caja de fósforos Copihue en sus manos habría encendido una mecha para adornar con luz el cielo sin gracia de un firmamento pobremente estrellado.

Y aunque ambos vimos la misma luz, por alguna razón la vimos distinta, por alguna razón fue un brillo que iluminó distintos senderos, que seguimos hoy, y que nos llevan a lugares lejanos y muy distantes.

No hay vuelta atrás, la oscuridad es total, pero las mágicas estrellas fugaces pueden volver a caer en cualquier momento... y mis ojos estarán ahí para capturarlas, porque mi magia sigue intacta y porque, cuando se camina sin ver hacia donde, se puede llegar a cualquier lado.

21 nov 2006

Cerveza, buena

Y luego de criticarlo todo, me di cuenta que las personas me miraban con curiosidad. Ya ni siquiera sentían temor de mí, sino que, por el contrario, yo les hacía gracia.

Fue rarísimo. Pero cuando llegué a casa y fui al baño a mojarme la cara, el rostro que vi en el espejo era el de un monstruo. Yo era un monstruo, pensé y luego traté de gritar "¡¡soy un monstruo!!"... pero no pude.

Era un ser que ya no hablaba, sólo gruñía y emitía sonidos guturales. El gato nunca salió de su escondite debajo de la cama durante todo el rato que permanecí en el que había sido hasta entonces mi apacible hogar.

Salí a la calle, recorrí parques, caminé por plazas y la gente -eso pude notarlo perfectamente- fingía que yo era prácticamente invisible, pero me observaba con disimulo.

Todo cambió sin embargo la tarde que aquel indigente, quizás por sus rayaduras de vida, se sentó la lado mío y comenzó a hablarme de la familia que alguna vez tuvo. Me dijo que él también había sido un monstruo, pero que lo había logrado superar. Yo le respondía con ruidos raros.

En un momento, sacó una cerveza entre sus ropas harapientas. Toma, me dijo, es cerveza.

Yo lo miraba con desconfianza, no porque no entendiera, sino porque me daba un poco de asco la situación. Entiéndase bien, no era discriminación, pero si un tipo que está lleno de parásitos, con muy mal olor y con aspecto de que la última vez que entró a una ducha usó "Glemo en su cabello, a la hora del shampoo...", significa que podía ser algo complicado compartir la misma botella.

Pero él insistió, "es cerveza, y buena" y fueron tantas las invitaciones que al final bebí. Y la verdad es que la chela mala no estaba, además que al fin y al cabo yo era un monstruo, y no tenía por qué ponerme exquisito.

El asunto es que el tipo sacó otra, y otra, y otra cerveza, y yo, entre tanto alcohol, repetía y repetía "cerveza, buena". Y cuando llegó la hora de los sentimientos, el indigente me decía "¿somos amigos o no somos amigos?", y yo le conetestaba: "cerveza buena, amigo".

Cuento corto -para hacerla corta-, aprendí a expresarme otra vez, volví a casa y el gato, aunque ya estaba un poco flaco, esta vez no se escondió de mí y volvió a pedirme alimento, que es lo que hace un gato que ha extrañado mucho a su amo.

Yo le decía "gato, bueno, amigo". En fin, el tiempo me hizo hablar otra vez de corrido y también me ayudó a entender que, frente a la adversidad, convertirse en monstruo es lejos, el peor de los caminos.

19 nov 2006

El regreso tras la enfermedad

¿Será posible que una enfermedad mate sólo el alma de una pesona y tras la recuperación y convalecencia surja otra, completamente distinta?.

Lo vi una vez en una película, claro que en ese caso era un tipo que moría y cuya familia le pedía a una especie de doctor Mortis que lo reviviera. Este último dijo que sí, que era posible volver a reanimar ese cadáver, aunque no era lo más óptimo, tomando en cuenta que la esencia de ese ser ya se había perdido.

"No importa", replicaba una acongojada madre y Mortis puso manos a la obra, le aplicó unos humeantes líquidos verdes al cuerpo, una que otra descarga eléctrica y ¡listo!, el hijo estaba de vuelta, sentado ahí en la consulta, con los ojos bien abiertos y sin inconvenientes para volver a casa.

Un milagro de la ciencia...

Pero lo que la familia no quiso entender era que su pariente había partido hacía rato, o en el caso menos optimista, había desaparecido del universo en el preciso instante en que fue declarado por primera vez "fiambre". En cambio, lo que tenían en frente era una cosa que respiraba, se movía, interactuaba y utilizaba los pensamientos alojados en su cerebro, pero no tenía espíritu, y era más malo que el natre.

Bueno, por eso la película termina cuando el zombie aquel termina muerto -por vez segunda, obvio- tras haber intentado matar a su progenitora y haber cometido una serie de maldades innumerables (entre ellas comerse al gato, estrujar al perro, sacar escondido el papel higiénico del baño, lavarse los dientes con los cepillos de los demás, echarle sal al azucarero y viceversa).

Se me viene este filme a la cabeza, porque creo que a veces es mejor recordar a la gente como era con nosotros antes de sufrir drásticos cambios, antes de mutar hacia un nuevo estado. Eso puede evitar que se produzcan conversaciones extrañas, como las del individuo de la película, que, entre paréntesis, cuando volvió a la vida se puso re dicharachero, bueno pa' la talla y genial para dar consejos... casi, como un buen terapeuta.

14 nov 2006

Correcto

Después de pensarlo mucho, opté por cruzar la barrera entre lo correcto y lo incorrecto. Fue entonces cuando de lo incorrecto pasé a lo correcto y no al revés.

Era todo tan distinto en este nuevo lugar, todo tan ordenado, tan organizado, tan civilizado, tan predecible... tan ...correcto, que me vino una especie de ahogo y desesperación.

Debo decir que estando ahí, nada de lo que hiciera podía ser incorrecto, aunque así lo deseara desde mi interior rebelde, y ese resultado siempre tan dentro de la norma, por más que faltara a ella causaba en mí una sensación de desesperación extrema y ganas de huir despavorido.

Un pensamiento incorrecto, sin duda, que en la acción volvía a la corrección, al orden, la tranquilidad y el tedio.

Descubrí más tarde que prácticamente todo mi correcto círculo social estaba conformado por incorrectos como yo que habían traspasado aquel límite delgado en un momento de disyuntiva.

El tema lo abordamos una vez en un muy bien organizado encuentro de amigos, quizás a consecuencia de la muy correcta elección del licor dispuesto para los comensales.

De pronto noté que el ambiente se tornó denso con ese tema difícil. No me quedó más remedio que darle ánimo a mis amigos y les dije que en cambio, el otro lado estaba lleno de incorrectos sufriendo por su correcta mentalidad.

Afortunadamente todos volvieron a sonreír y la velada resultó perfecta.

A eso debo agregar que quedé satifecho y feliz, con la inmensa tranquilidad de haber hecho lo correcto.

18 dic 2005

Labios adictivos

Permanecen en las esquinas de las poblaciones marginales, con las manos en los bolsillos y tratando de soportar la ''angustia''. Así llaman al efecto que produce en los adictos la pasta base de cocaína.

Ellos mismos dan testimonio de ello: Cuando toman contacto con esa mezcla nefasta sienten una gran satisfacción que termina sin embargo en el preciso instante que dejan de fumarla.

La angustia vuelve de inmediato. Por eso el flagelo. Habría sido mejor que las víctimas de la tal base nunca la hubieran conocido.

Yo no soy adicto a droga alguna ni me he visto tampoco en la necesidad de cruzarme de brazos en una esquina para mirar con los ojos perdidos los límites del agujero donde la sociedad me hizo alguna vez caer.

Sin embargo, conocí la sensación de juntar mis labios con los de una mujer que habría sido mejor no haber sentido jamás. Fue adicción al primer beso una tarde de domingo de 1989, cuando en la radio de una fuente de soda sonaban una y otra vez las canciones de las bandas de la época, como Guns n’ Roses.

Y la angustia comenzó en el preciso instante en que tuve que subirme a un microbús para volver a mi casa en la periferia de la ciudad. Ella sonreía allá abajo con su pinta ochentera. Mi salvación era el número de teléfono que me había dictado y que nerviosamente anoté en mi destartalado pase escolar color café sin plastificar.

Pero cuando llegué a mi casa y finalmente disqué su número, contestó al otro lado un tipo que me dijo que estaba equivocado. Fue el mismo tipo quien me lo repitió minutos después tres veces seguidas, hasta una cuarta en que me hizo recordar todos los garabatos que existen y que se pueden decir en esta larga y angosta franja de tierra.

En esa época no había correo electrónico, y tampoco tenía la dirección de su casa, porque a ella –desafortunadamente- la conocí de manera excesivamente fortuita.

La angustia me la tuve que tragar por varios años en los que me dediqué sin éxito a buscar otros labios adictivos. Y me creía de verdad rehabilitado.

Pero en noviembre pasado y cuando caía allá afuera una inusual lluvia, recibí en la consulta a una paciente que llamó a última hora y que necesitaba arreglarse las tapaduras de un par de molares.

Apenas la vi supe que era ella, pero no fue recíproco y oculté aquel secreto desplegando toda la palabrería que dan los años de circo.

Traía correctamente todas sus radiografías y sólo había que ponerse a trabajar. Le inyecté la anestesia y le dije que íbamos a esperar que surtiera efecto. Yo la encandilaba con la luz a propósito para que no pudiera ver mi rostro de curiosidad, frente a esos labios todavía perfectos y cada vez más insensibles por los que yo habría hecho cualquier cosa.

Terminado el tratamiento, le di las recomendaciones de rigor y nos despedimos con un formal beso en la mejilla que me puso muy nervioso. Cuando se iba, volteó y me dijo: ''doctor, usted me es cara conocida'', y yo, hipócrita y cobarde, le contesté con una sonrisa, ''no lo creo''.

Fue angustiante verla desaparecer por la puerta en medio de ese aguacero casi estival. Cuando volví a la consulta me percaté que ella había olvidado una carpeta con varios papeles.

Fui donde la secretaria y con el máximo disimulo le pedí la ficha de la nueva paciente. Había dejado un número celular, el que marqué con mi propio móvil. ''Este número no tiene teléfono'', dijo la grabación, y yo quedé otra vez cruzado de brazos, angustiado y casi arrollado por la nueva vuelta que, la gigantesca ruda de la vida, había comenzado a dar otra vez.

11 dic 2005

Dime que no estás

"Dime que no estás, sin decir nada", pensé, mientras me mantenía quieto en medio de esa habitación oscura. La electricidad aún no volvía y se había consumido mi última vela aquella noche calurosa que me había obligado a mantener la ventana abierta.

Esperé un instante que no alcanzó a ser breve, casi conteniendo la respiración y oyendo el tic tac de ese reloj despertador que no sé para qué seguía en funcionamiento, tomando en cuenta que artilugios como ese, al igual que las agendas electrónicas, habían quedado guardados en el cajón del olvido tras la masificación de los teléfonos celulares.

Pensar en eso me tranquilizó y me hizo sentir un perfecto idiota. Yo, asustado en la oscuridad de un cuarto, como si tuviera cinco años, en medio de un corte de luz.

Y ni siquiera un 'matacuco' podría haber enchufado para vencer el extraño temor a esa presencia que podía ser simplemente un mal antecedente en materia de salud mental. Más imbécil me sentí después de llegar a esa conclusión, y al final, riéndome de mí mismo, comencé a festinar con la pregunta que le había hecho a ese supuesto ente, porque su omisión podía perfectamente haber sido considerada una respuesta, y me habría dado mil vueltas en un círculo vicioso del sin sentido hasta de verdad salir corriendo hacia cualquier parte.

Me metí dentro de la cama y me preparé para dormir. El sueño comenzó a invadirme lentamente. Era un sueño pesado de cansancio agradable, como los 10 minutos más con que uno mismo se engaña en las mañanas y que siempre se extienden lo suficiente como para llegar atrasado después a cualquier parte.

Pero de pronto la voz otra vez. "Estoy", dijo nítidamente y di un salto que me dejó inmediatamente de pie sobre la cama, con los ojos abiertos y la respiración acelerada. Miré para todos lados y pensé que realmente me había vuelto un esquizofrénico. Había visto en la televisión y en un par de películas que se oyen voces y hasta se puede ver gente con tal nitidez que parece todo muy, demasiado real... y yo que me creía tan racional e infalible.

Fue una voz nítida y resuelta, de una mujer, con un cierto dejo de tristeza. Pensé, siguiendo mi propio juego "¿dónde estás?", y la respuesta no tardó, "aquí" dijo a mis espaldas. Giré lo más rápido que pude, pero no logré ver nada...

Por eso le tengo temor a la oscuridad, y por eso también, como política de vida, nunca más le pregunté nada a cosas que supuestamente no existen, porque puedo asegurar que no es agradable recibir una respuesta, cualquiera que esta sea.